sábado, 25 de junio de 2011

Nadie es metáfora de otro.

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A) Introducción.

De la misma forma como nos encontramos en la calle un objeto perdido, resulta que a veces encontramos una fábula, u otro tipo de historia pequeña en la que creemos descubrir una enseñanza.

Lamentablemente, al igual que con los objetos que encontramos, olvidamos que estas historias tienen dueño, y que sus moralejas, o enseñanzas, no están hechas pensando en nuestras propias experiencias.

Es lo mismo que ocurre cuando encontramos un borracho en plena calle -pienso ahora-, y lo subimos a la acera para que no lo atropellen, y mientras lo hacemos pensamos en “otro otro”, como en el tío Luis, por ejemplo, lo que es ya un abuso ya que al no ser el arrastrado el tío Luis, resulta que hemos estado utilizando al borracho como mero signo de reemplazo, y claro, se nos olvida que nadie es metáfora de otro, y terminamos haciendo cosas por significados equivocados, y erramos el camino. Y la comprensión se escapa.

Por eso, decía, las fábulas que uno encuentra tienen finalmente mensajes exclusivos, moralejas que solo pueden ser cobradas por quien las vive, como los cheques emitidos al portador, para dar un ejemplo más gráfico.


B) Desarrollo.

La historia en sí ocurre en un pequeño barrio de Santiago. De esos pocos que quedan aún con calles adoquinadas, y que suelen tener, al menos los viernes y sábados por la noche, un gran número de autos estacionados en sus aceras.

Pues bien, en uno de ellos, digamos que está una mujer esperando la venida de un hombre. Esperando al interior del auto, me refiero. Tras del volante. Pensando en algo que no sé.

Lo que sí sé, en cambio, es que minutos después llega un hombre, quien saluda a la mujer mientras se acerca hasta un costado del vehículo, para subirse, supongo, e ir hasta otro lugar, quizá similar a éste.

Pero ocurre entonces que el seguro del auto no se baja, y los gestos de la mujer denotan sorpresa y todo parece indicar que, al parecer, ha ocurrido un desperfecto y el sistema que permite abrir las puertas ha fallado, y tanto la mujer como el hombre se encuentran ahora detenidos en espacios que no tienen ya, un acceso directo entre ambos.

El hombre entonces, entre risas nerviosas, intenta abrir cada una de las puertas del auto aunque sin lograr su cometido, mientras que en el interior del vehículo, la mujer va cambiando poco a poco su expresión afable por una donde parece crecer el enojo, y hasta la antipatía, como si la situación fuese en realidad resultado de la negligencia e ineptitud del hombre, quien hace gestos a la mujer como preguntándole qué hacer, a continuación.

Por último, la mujer grita al hombre, desde el interior del auto, ofuscada. Tremendamente molesta porque resulta que ni siquiera las ventanas se pueden bajar, y porque el hombre –imagino que debe pensar ella-, es un inútil que no sabe solucionar por sí mismo una situación tan simple.


C) Conclusión.

Erróneamente, acostumbramos esperar el final de una historia, para obtener la moraleja.

De hecho, cuando no la encontramos tras una primera lectura, volvemos a leer la parte final del texto, esperando comprenderla.

De esta misma forma, pienso ahora, actuamos en distintos ámbitos de nuestra vida, esperando encontrar las claves para solucionar un problema, revisando exclusivamente nuestras últimas acciones.

Pero claro, olvidamos que nuestras últimas acciones no reemplazan a las primeras, y que el igual como ocurría con el ejemplo del borracho, nada ni nadie, es metáfora de otro.

Y es entonces cuando somos injustos con el tío Luis, o con las personas que amamos, o hasta con uno mismo, y vivimos la vida como si la estuviéramos reviviendo, y nos resulta al menos tibia, y a lo más amarga.

¿Qué recomiendo entonces?

Fácil: devolver aquello que encontramos y que no nos pertenece, y aprender a amar y a cuidar aquello que verdaderamente nos es propio, y aprender que es único.

Así de simple.

5 comentarios:

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  3. Sin exageraciones :) Gracias y saludos también.

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  4. me gusta. hay que sacarse las diapositivas de los ojos y volver a mirar. encontrar lo propio y abrazarlo

    saludos señor vian

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