sábado, 26 de junio de 2010

Fábulas sin moraleja (II)


Fábula III
El galgo hipnotizador de galgos, o el silogismo escondido.

Yo soy el 27, explicaba un galgo.
Gané seis carreras seguidas una vez.
Y me pusieron un collar dorado
.

Yo sé ladrar, decía otro.
A veces en la noche ladro de una forma tan extraña
Que nadie sabe quién soy, y me pinchan una pierna
.

Así hablaban los galgos mientras afuera comenzaba a llover.
Y entonces resonó un trueno y un extraño perro entró en el lugar.
Qué extraña voz tiene, dijeron los otros, y se alistaron a escucharlo.

Pero el perro que había entrado no decía nada.
Sólo los miraba de una forma extraña y silenciosa.
Y su pelaje estaba mojado y tenía una herida en el hocico.

Entonces sonó otro trueno y una extraña luz
Impactó en el lugar donde estaban todos
Y comenzaron a crecer unas luces rojas y calurosas.

Eso se llama fuego, dijo el galgo número 27.
Y el otro galgo comenzó a ladrar.
Pero nadie se movía de su sitio.

Los galgos sabemos correr, dijo entonces un galgo.
Y yo soy un galgo, dijo otro.
Pero todos estaban quietos mirando aquello que se llamaba fuego.

Entonces el perro que había entrado en el lugar.
Caminó y se colocó justo en medio del fuego.
Mirando a los demás en el más completo silencio.

Quiere llamar la atención, dijo el galgo número 27
(pero no tenía ningún número y parecía igual a los otros),
Una vez conocí a un hombre que era así.

Entonces, cuando el fuego comenzaba a propagarse por el lugar,
Un galgo salió corriendo de aquel sitio
Mientras un perro no galgo se consumía entre las llamas.

Ayer vi a un galgo en llamas corriendo por la calle, dijo alguien al otro día.
No era un galgo, replicó otro.
Y no estaba en llamas, agregó un tercero.

Afuera había dejado de llover y el aire estaba fresco.
Y se asomaba el sol entre las nubes.
.
El sol, que también era fuego, de haber podido oír, habría escuchado un ladrido.


Fábula 4

La iguana que se negó a cambiar de piel.

Era una iguana vergonzosa que vivía cerca del mar.
Aunque ni siquiera sabía de qué tenía vergüenza.

Un día vio a todas sus hermanas cambiar de piel.
Pero ella se negaba igual como los niños aguantan la respiración bajo el agua.

-¿Qué sucede? –le decían las otras.
Mientras disfrutaban del sol.

-No sé lo que sucede –contestaba la iguana.
Mientras se escondía un poco entre las rocas.

Y es que la iguana en cuestión temía que al cambiar su piel
Algo de su interior se descubriera y pudiera ser visto.

Entonces, mientras estaba entre las rocas.
Un gran animal vino y se la comió.

(Y es que quizá prefería los platos fríos)
.
.
Fábula V.
Los gatos que iban a la iglesia en aquel lugar.

Todos los domingos a eso de las siete de la tarde, los gatos de aquel lugar solían reunirse en una iglesia abandonada.
Antes de entrar, un gato que tenía manchas café solía ir primero para comprobar que estaba abandonada.
Pero un día el gato de manchas café entró en el lugar y no regresó.
Los gatos esperaron, y después se fueron.
Nadie se quedó a comprobar si el gato a manchas regresaba.

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