domingo, 9 de febrero de 2014

El revólver.



Esto de tener blog a veces juega en contra. Por ejemplo, llegan a veces mails de personas que intentan contarte alguna historia no sé con qué motivo. Y bueno… no es que me disguste leerlas, o escucharlas, pero algunas me suenan a esas cartas a los periódicos, que piden consejo a un supuesto doctor o lo que sea que suele darles una ayuda…

Por otro lado, debo confesar que cierto pudor me impide no responderlas y en muchas ocasiones termino siendo poco sincero para no herir susceptibilidades.

Hoy no.

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Estimado Vian:

Dicen que si en una película sale un revólver, esa arma será disparada. Yo, sin embargo, guardo en mi casa un revólver desde hace 20 años. Lo sé, no vivo en una película, pero uno siempre espera, de cierta forma, ser el protagonista de una… secretamente, me refiero. Así, cuando me siento a veces lejos de la realidad, me acerco a mirar el revólver. Creo que es buena terapia. Al no dispararse me dispara a mí, de regreso al mundo. Por lo mismo, a veces me entierro en el mundo. Por la fuerza del disparo, si se entiende. El revólver perteneció a mi padre y antes de él a mi abuelo. Ninguno lo usó. De hecho, ahora que lo pienso, el revólver es lo único permanente en esta familia. Bueno, eso, y que uno tras otro nos enterremos en el mundo. El revólver está en un cajón, por cierto, junto a algunas herramientas. Sé que no lo dispararé, por eso verlo me tranquiliza. Espero morir de viejo y que el revólver permanezca ahí. Quizá tranquilice en el futuro a mis hijos. O a mis nietos. Espero que ellos sean como yo, obviamente. Es bueno que haya algo que nos regrese al mundo, ¿no cree?

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No. No creo. No en ese mundo, al menos.

Por otro lado…

(etc.)

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