viernes, 20 de septiembre de 2013

No sé qué pasa jefe, la máquina no quiere decírnoslo.


Encuentro la máquina en una casa abandonada, en el Cajón del Maipo.

Una mujer está junto a ella y un hombre está a unos metros, sentado tras un escritorio.

La escena es extraña pues sucede a la intemperie, en el patio de una casona vieja.

Y claro, es entonces cuando escucho la frase que aparece en el título:

No sé qué pasa jefe, la máquina no quiere decírnoslo.

La escucho fuera de contexto, medio borracho y en una situación casi irreal, en la madrugada, en un sitio extraño.

La frase me alegra y por un momento percibo inocencia, en la situación, hasta que el hombre y la mujer descubren mi presencia y me miran en un mismo instante.

Ambos tienen las caras pintadas con un polvo blanco y la mujer tiene los ojos delineados de una forma extraña.

Es entonces cuando la sensación cambia por completo y me asusto de una forma que no podría describir.

Cierro los ojos.

Es una protección infantil, pero cierro los ojos y me acurruco junto a una muralla.

Mi corazón late a toda prisa y yo intento contar, para calmarme.

Momentos después abrí los ojos y vi que no había nadie en el lugar.

Posiblemente la pareja se había retirado, pero estaban ahí el escritorio y la máquina.

La máquina era similar a una máquina de escribir, aunque no podría especificar de forma clara su apariencia.

Quise llevarla conmigo, pero era demasiado pesada.

Unos policías me encontraron en el lugar y tras hacerme unas preguntas me trajeron hasta mi casa.

Nos tomamos unos tragos y dijeron que me olvidara del asunto.

Luego se fueron y me puse a escribir.

Todo es verdad, pero no lo parece.

Siempre es así, con la verdad.

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