martes, 23 de julio de 2013

La felicidad de un cerdo.



Creo que fue John Stuart Mill el que lo dijo. El cerdo aspira a una felicidad de cerdo. No recuerdo el contexto, pero la frase la escribí en un papel con el que marqué una vez cierto pasaje de Heródoto. El pasaje, por cierto, hace referencia a una supuesta costumbre que se tenía en Persia, que consistía en dejar sin efecto las leyes durante cinco días después de la muerte de un gobernante, para que el nuevo fuese visto desde un inicio como alguien necesario para la comunidad. Para restablecer el orden y propiciar nuevamente el desarrollo de dicha comunidad, me refiero.

Como sea… más allá de intentar establecer vínculos entre la frase de Stuart Mill y la costumbre persa –cosa que puede ser posible, pero que no resulta pertinente en este instante-, lo que me queda dando vuelta es la frase en concreto, como un bloque:


El cerdo aspira a una felicidad de cerdo.


Y es que escuchaba hablar hoy del deseo de ser felices, como marcador esencial del sentido de la vida… y bueno, pensaba que al menos para los cerdos, alcanzar la felicidad de cerdo, no es algo imposible de conseguir, después de todo.

Nosotros, en cambio, si bien podemos concordar de cierta forma en hablar de la felicidad como un fin para la vida, ni siquiera logramos ponernos de acuerdo en qué significa para nosotros dicha felicidad.

En este sentido, al menos, los cerdos inician con la ventaja de saber –intuir, digamos, o ir naturalmente hacia-, la felicidad de cerdo… mientras que nosotros, no somos capaces de entender unívocamente, ni mucho menos dirigirnos por un único camino, a la que podríamos llamar felicidad de hombre.

Así, no estaría de más plantearnos si aspiramos realmente a una “felicidad humana” –de ser válido este concepto, claro-, o si nos hemos degradado de tal forma que nuestras aspiraciones son cada día más similares a esa felicidad de cerdo, o a cualquier otra que no nos corresponda.

Y no se crea que las jerarquizo… -admiro y hasta envido de cierta forma la felicidad de cerdo-, pero hay que tener claro que el placer, en sí mismo, por ejemplo, no puede definir la felicidad humana, a no ser que el hombre, como decía, no se haya previamente degradado –y anulado-, hasta ese punto.


Con todo, creo firmemente que esa felicidad humana, no se aleja de la esfera de lo posible –y hasta de lo sencillo-, más allá que la felicidad del cerdo, y que la única ventaja que poseen estos últimos, como mencionaba antes, radica en la claridad para comprender una felicidad ligada fuertemente a su propia naturaleza, que se acepta sin más, sin cuestionamientos superfluos ni falsas –o confusas-, autopercepciones.

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