martes, 9 de abril de 2013

Voy.



Voy.

Aviso que voy.

Y es que siempre que no aviso alguien se molesta.

Y claro… me gustan las molestias, pero no por banalidades.

Llegaste y no dijiste… No te esperaba…

Cosas de ese estilo.

¡Qué pérdida de tiempo…!

En cambio, yo quería ser como Dios…

O como el ángel exterminador…

O como el fin del mundo…

Llegar a ellos igualito que un oso crecido, como en la película de Buñuel.

Ser agente y testigo.

Verlos caer, de a poquito.

Verlos desesperarse.

No es tan difícil, después de todo.

De hecho, está casi a simple vista, si se fijan.

Es decir: el fin del mundo en el hombre que espera el metro.

El ángel sobre el hombre que está pagando por el diario.

El final en el próximo paso del hombre que está apoyado contra el poste.

Y claro… yo bien podría estar ahí… y ser uno de esos agentes.

Y es que más que actores, lo que se requiere acá son distractores…

Para que no se den cuenta.

Para que se desesperen sin saber…

Para que oren incluso, en la dirección equivocada.

¿Y saben…?

Mentiría si digo que aquello no me regocija.

Y mentiría también, si digo que me preocupa caer con todo esto.

Aviso que voy, entonces, simplemente.

Voy.

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