Cruzamos el río por su parte más angosta.
Apenas tuvimos que dar unas brazadas, aunque igual salimos bastante más allá.
Me refiero a que la corriente nos arrastró un poco y llegamos al borde de un terreno donde vivían dos ancianos.
Era un matrimonio alemán, se decía, y nunca aprendieron a hablar muy bien el español.
Cuando llegamos a la orilla ellos estaban sentados uno junto al otro, mirando el río.
La abuela nos hizo unas señas.
Nosotros saludamos desde lejos, pero al parecer quería que nos acercáramos.
Tras dudarlo unos segundos, eso hicimos.
Ella nos indicó una mesa, sobre la que había unas toallas.
Dijimos que no varias veces, pero ella insistió así que las tomamos.
Luego, mientras nos secábamos, ella se puso de pie y nos hizo sentarnos, junto a su esposo.
El hombre se veía mayor que ella, y apenas levantaba la vista.
Minutos después la anciana llegó con una bandeja y dos tazas de chocolate caliente.
Agradecimos y las tomamos.
Ni siquiera intentamos hablar, según recuerdo, solo nos comunicamos con gestos.
Tras terminar el chocolate volvimos a agradecer y nos quedamos en silencio, sin saber si irnos o esperar algo más.
Al final, fue la misma anciana quien nos hizo unos gestos, para volviésemos a cruzar.
Antes de meternos al agua volvimos a mirar a la mujer, para despedirnos, y notamos que ella se mostraba molesta con su esposo.
Para no incomodar nos metimos al agua, simplemente, y nadamos hasta la otra orilla.
La corriente, otra vez, nos dejó en un lugar más alejado.
No es una mala forma de vivir, pensamos, mientras descansábamos en la orilla.
A lo lejos, justo entonces, se escuchó un disparo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario