viernes, 30 de enero de 2026

Una bolsa con remedios vencidos.


Días ordenando, matando hormigas y botando cosas. Como diez días calculo metido en esto y las tareas siguen. Hoy por ejemplo llené una bolsa con puros remedios vencidos. Una bolsa grande, quiero decir, esas de tamaño extra que te venden ahora en los supermercados porque supuestamente la gente se preocupa del medio ambiente y ya no son gratis. Cómo sea, el punto es que llené la bolsa y no sé realmente de dónde salieron tantos remedios. Si yo no voy ni al médico. Por lo mismo, reviso un poco y observo los nombres de lo que voy botando y los que desconozco los dejo aparte para buscar luego para qué sirven (o servían). Tras ver en internet lo que se dice de algunos, pienso que algo raro está pasando. Nunca fueron míos estos remedios, me digo. O al menos esa es la conclusión a la que llego pues no tienen nada que ver conmigo ni con las pocas enfermedades debido a las cuáles me he debido medicar... ¿Tengo acaso a gente enferma viviendo a escondidas en la casa?, pienso ahora. Y sé que es absurdo, pero juro que por un momento he pensado seriamente en esa posibilidad. Así, al final, para evitar darle más vueltas al asunto decido mejor cerrar la bolsa y ya no mirar más. Sé que la mayoría de los remedios vencidos siguen siendo útiles, pero decido botarlos igualmente. Cuando mi hijo ve la bolsa al día siguiente y observa lo que contiene, comenta que si botamos tanto significa que estamos más sanos de lo que creemos. Por un momento pienso en discutirle y decirle que también podemos desconocer, simplemente, nuestra enfermedad. Al final, saco la bolsa y la dejo junto a otra llena de cables de productos electrónicos que tampoco reconozco. Y que no me interesa recordar.

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