Hace años conocí a una chica noruega que nunca supe si bromeaba.
Tenía un tatuaje de Olaf el santo en uno de sus brazos y había viajado a Chile tras recibir una importante suma de dinero de parte del seguro tras la muerte de sus padres.
Según ella, había viajado a Chile por un sapo que había tenido de mascota y que se llamaba así.
-Era un sapo que había sido de mi abuelo, luego de mi padre y luego mío -me dijo.
De hecho, según me contó, el sapo había muerto un año luego que lo hicieran sus padres, y solo entonces se decidió a viajar.
Por entonces no tenía cómo averiguar cuánto podía vivir un sapo, pero intuí que me tomaba el pelo. De cualquier manera me había caído bien, así que acepté cuando me propuso hacer un viaje juntos, a Noruega, aunque finalmente nunca lo hicimos.
En realidad, debo confesar que nunca me tomé en serio lo del viaje.
Ella dijo que lo costearía y que si todo salía bien podíamos casarnos en unos años y ella le pediría a Linn Ullman que fuese nuestra madrina.
Todo esto, por cierto, lo decía siempre acompañada de una única expresión, como si su cara se hubiese quedado fija, justo antes de sonreír, pero sus ojos pertenecieran a alguien que está hablando serio.
Tal vez por esto, nuestras conversaciones siempre parecieron desarrollarse fuera de lo que yo consideraba real, y si bien nunca lo tomé realmente como un juego, entiendo que ella se haya sentido ofendida cuando manifesté mis dudas ante alguna de sus historias.
Esa vez –la vez en que aparentemente se ofendió y hasta estuvo a punto de cambiar de expresión-, yo me reí luego de que ella me contara sobre los libros de crímenes que acostumbraba a leer en pascua.
-Una vez leí seis –me dijo-, de distintos autores, y en todas ellas el asesino era el mismo.
Esa vez, como decía, ella se ofendió. Tuvo que decírmelo, de hecho, pues su expresión no lo demostraba.
Yo seguí pensando que bromeaba así que le dije no podía ofenderse pues ella siempre bromeaba y yo simplemente le seguía el juego.
Esa última palabra quedó en ella y fue así como el fin de cualquier otra conversación.
-Un juego –fue lo último que dijo.
Pensé que la vería al día siguiente, así que le di un abrazo, simplemente, al despedirme.
Días después, supe que se había ido.
Recibí una postal, meses más tarde, desde Noruega.
No estoy acá, es lo único que decía.
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