sábado, 3 de enero de 2026

Las grandes obras.


Recuerdo a dos personas que me hablaron en alguna oportunidad sobre las grandes obras.

Yo, por supuesto, pensé de inmediato en libros gordos o hasta en nuevos clásicos, pero ellos apuntaban a otra cosa.

En específico, lo que me dijeron, era que querían hacer un cambio y enfocarse de ese momento en adelante, exclusivamente en el desarrollo de grandes obras.

-Cualquier obra que no sea una gran obra es en el fondo una mera distracción –dijo uno.

-Las tareas pequeñas consumen nuestra energía –dijo el otro-, y las grandes obras requieren de la totalidad de esa misma energía. Son más que incompatibles. Cualquiera de las dos elimina la posibilidad de la otra.

Aclaro, por cierto, que estas dos personas me hablaron de las grandes obras con varios años de diferencia, y en contextos totalmente diferentes.

Las dos, además, parecían tener la fuerza de voluntad necesaria para realizar el cambio que proponían. Y puedo dar fe que lo intentaron seriamente.

Por lo general, a comienzo de cada año, recibo un breve mensaje de cada una de ellas.

Un par de líneas, apenas, pues de lo contrario los alejo de sus grandes obras.

En las líneas que me envían, por cierto, noto la insistencia de que yo también siga sus pasos, de alguna forma.

A veces –cada vez menos, eso sí-, tras leerlos me siento en deuda conmigo mismo y hasta con los otros y me digo una y otra vez que debo realizar también esas grandes obras que vislumbré algún día.

Otras veces, en cambio, siento que todo es tan pequeño que cualquier tipo de gran obra, desde nuestra escala, es en realidad una acción sin significado alguno.

Cómo sea, podría resumir diciendo que soy intenso, pero no constante, en mis creencias.

Y que hablar de una gran obra, a estas alturas, es una idea manchada por la palabra vanidad, en cada una de sus formas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales