lunes, 19 de enero de 2026

Un cuadro blanco.


Pintó un cuadro blanco. Al óleo, sobre lienzo. Estuvo haciéndolo por varios meses. Prácticamente un año. El lienzo era grande, es cierto, pero no fue esa la razón del tiempo empleado. La mayor parte, de hecho, lo ocupó en observar y evaluar los avances que llevaba. Se sentaba frente al lienzo y lo observaba. Bajo distintas luces, digamos. Desde distintos ángulos. Y a diferentes distancias. De igual modo, lo importante es que ya lo terminó. En principio le pareció algo absurdo, contó una vez. Dijo que lo había tomado como un ejercicio más que nada. De esos que se hacen para desarrollar un músculo atrofiado, pero que no conlleva mayor importancia o dificultad. En este sentido, no había perseguido, en un inicio al menos, ningún tipo de fin estético. Así y todo, consideraba que el cuadro blanco se veía bastante bien, luego de haberlo terminado. La textura del óleo, la huella de los pinceles, los ligeros cambios de tono… Parecía incluso comunicar algo, pensaba. El cuadro a él, digamos, no él a través del cuadro. O eso fue lo que nos dijo, al menos, cuando nos explicó qué había estado haciendo todo este tiempo.

-Pintando un cuadro blanco –fue lo que nos dijo-. Un cuadro blanco sobre un lienzo blanco.

Y yo, que hace más de doce años que no tomo un pincel, sentí que había estado haciendo prácticamente lo mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales