I.
A veces eres desconfiado.
Desconfiado y absurdo, además.
Ni siquiera crees en ellos y te volteas a mirarlos cada cierto tiempo.
Sorpresivamente, intentas hacerlo.
Cuando te pregunto, me dices que sospechas que hablan de ti.
A tus espaldas, me refiero.
Y hasta crees que planean algo.
Y claro, yo pienso entonces en decirte que te tranquilices.
En recordarte, de una forma sutil, que no eres importante.
Y explicarte de paso que los dioses, seguramente, se preocupan de otras cosas.
De ellos mismos, según creo, y nada más.
Sí. Eso es lo que debiera decirte.
Con cuidado, ciertamente, para no ofenderte. Pero en esencia es eso.
Probablemente lo haga, algún día.
II.
Por no hablar a veces dejo que se digan cosas.
O dejo que se digan través de mí, de cierta forma, aunque yo no las repita.
Así, camino de un lugar a otro sintiendo que voy chocando con palabras que no he dicho y que se desplazan sobre la superficie.
Sí. Así es.
La mitad del aire son palabras.
O eso me parece.
A veces, incluso, hay lugares donde apenas queda aire.
No digo que vayas a morir, por ellas, ni que sean peligrosas.
Solo digo que flotan como muertos en la superficie que habitamos.
Debe ser por eso, que hoy por hoy, estoy evitando decir algunas.
Y las que digo, vuelvo a tragarlas otra vez, para evitar desechos.
III.
¿Sabes…?
Esa es una de las razones por las que no podrían verte.
De existir, me refiero, no podrían verte.
Quiero decir que apenas queda espacio en medio de tanta palabra.
Por otro lado, si te viesen, probablemente no te verían a ti, sino a otro.
Sí… es cierto.
Eso es lo que debiera decirte, sin duda.
Pero al final va pasando el tiempo y yo no digo y tú no escuchas.
Siempre ocurre así.
Somos como ellos, en este sentido, si lo piensas.
Un poco como ellos, al menos.
O un poco más.
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