Recuerdo situaciones.
Conversaciones.
Encuentros varios.
Diálogos más bien, que se desarrollaron en esas ocasiones.
Frases, en definitiva, que se mueven en distintas direcciones y que observo con atención para encontrar un elemento común.
Me cuesta, por supuesto, pero al final lo encuentro.
¡El clima…!, digo entonces.
Siempre se trata del clima.
Reviso otra vez las cuentas.
Varias veces lo hago.
Me siguen pareciendo correctas.
Al final todo es por el clima, reafirmo, o casi todo.
Nos quedamos en un sitio, por el clima.
Elegimos ciertas ropas, por el clima.
Viajamos, por el clima.
Incluso regresamos antes, por el clima.
Sigo así, buscando ejemplos.
Un buen rato me quedo así, haciendo listas.
Ciertamente puede que haya error en el concepto y a veces lo correcto sea decir tiempo en vez de clima, pero esta vez lo dejo pasar.
Queda mejor así, me digo.
De esta forma -tal vez para agotar el tema-, sigo haciendo listas con una serie de razones y de excusas asociadas al clima.
Horas en esto, calculo.
Luego, por supuesto, me tomo un descanso.
No es que lo elija, pero igual lo tomo.
De hecho, no me gustan los descansos.
Y es que, por lo general, en los descansos suele venir una voz a atacar mis nuevas convicciones.
No es el clima, dice la voz, quien sabe desde dónde.
Esa es simplemente una de las formas de ocultar que no sabemos por qué hacemos lo que hacemos.
Respiro hondo.
Comprendo que se acabó el descanso.
Mala voz, digo. Qué necesidad tiene…
Luego, pongo algo de música a un volumen alto e intento pensar en otra cosa.
Creo que lo logro.
Voy a ducharme, me digo entonces, debe ser el calor.
Luego, bajo la ducha, descubro que todavía consigo escuchar la música que viene desde fuera.
Este es mi desierto, digo finalmente.
Déjame hablar acá.
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