miércoles, 14 de enero de 2026

Niños con las manos brillantes.


Esos niños de ahí tienen las manos brillantes.

Pegajosas y brillantes, más bien.

Lo que hacen es jugar cerca del humedal y luego atrapan unos bichos.

Yo no los he visto, pero según su descripción se parecen a las cucarachas.

Según los niños, cuando aplastan a los bichos les sale de dentro algo brillante.

No es algo líquido, es más bien como la carne brillante que tienen dentro, me explicaron.

Como carne de fruta, dijeron.

Generalmente los aplastan en unas rocas que ahora brillan, por las noches.

Con una luz manchada, es cierto, pero igualmente brillan.

Casi igual que las manos de los niños, y un poco menos que sus rostros, cuando juegan a pintarse.

No es muy limpio el juego, es cierto, pero no es algo que le haga daño a nadie.

O sea, a los bichos sí, seguramente, pero en el fondo no saben.

Me refiero a que no diferencian el daño recibido de lo que es la vida misma.

Eso pienso yo, al menos, cuando veo a los niños correr con marcas fosforescentes bajo sus ojos y correteando por el lugar.

Cuando esto ocurre, por cierto, yo imagino los restos de bichos que han quedado entre las rocas.

Nadie sabría que brillan, me gustaría decirles, si no fuera por los niños.

Elijan verlo así.

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