martes, 20 de enero de 2026

Ella salía a mirar las gallinas.


Todos los días, a la misma hora, ella salía a mirar las gallinas.

Primero no era consciente que salía a eso, pero poco a poco comenzó a darse cuenta que era eso realmente lo que se quedaba haciendo.

Por lo mismo, pasó de decir que iba a tomar aire o dar un paso, a reconocer su verdadera intención.

“Voy a mirar las gallinas”, aprendió a decir.

Las gallinas, por su parte, apenas se percataban de su presencia y por lo general actuaban de la misma forma en que lo harían si ella no hubiese estado ahí, observándolas.

Esto siguió así varias semanas, hasta que ella descubrió que una de las gallinas la miraba fijamente.

No era muy distinta a las otras gallinas, desde su aspecto físico, pero ella podía distinguirla rápidamente justamente por el hecho que el ave no la dejaba de mirar.

Les contó a otros de la casa y ellos confirmaron que era cierto.

La acompañaron unas veces cuando ella salía a mirarlas e incluso comprobaron que la gallina no seguía con la vista a nadie más.

Hubo algunas bromas y observaciones extrañas, pero al final todo quedó como una anécdota, simplemente. Y se olvidaron del asunto.

De hecho, cuando ella me contó la historia, tuvo que recordársela a los que habían sido testigos, pues ya la habían olvidado.

La gallina, por cierto, había sido sacrificada junto a otras, para una cena familiar.

-Igual no me molestó que la mataran –confesó ella-. Incluso diría que su muerte me dejó hasta un poco más tranquila…

-¿Y sigues mirando a las gallinas? –le pregunté entonces.

-Sí, las miro todavía –contestó-. Pero solo como parte de la rutina. Ya no me producen nada especial.

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