Voy a un parque.
Es amplio y está bien cuidado.
Esto me sorprende.
Me refiero a que no es como los parques de las zonas en que yo he vivido.
Caminando, descubro que incluso tiene dentro una pequeña librería.
Es un puesto verde, de madera, con grandes ventanales y mucha luz.
En su mayoría tiene ediciones recientes, de libros de buena venta.
Entre ellos descubro un par que me interesan, pero puedo fácilmente conseguirlos a un menor precio en otro lado.
Al salir, sin embargo, veo en la repisa de ofertas una novela gráfica de Daniel Clowes, que quería hace tiempo.
Es Paciencia, en tapa dura, así que regreso por ella.
Sigo caminando por el parque, ahora con la novela gráfica Clowes, bajo un brazo.
Llego así a un sector donde hay pequeñas mesas individuales.
De cierto modo parece la terraza de un café, para gente solitaria.
Me siento en uno de ellos y reviso mi compra.
No logro recordar si la leí o no antes, en formato digital.
Mientras pienso eso veo a un tipo que está en otra de las mesas, volcado en su libro, leyendo realmente interesado.
Hace mucho tiempo, de hecho, que no veía a nadie leer de esa forma.
Por lo mismo, comienzo a interesarme en descubrir el libro que está leyendo.
Minutos después, me cambio incluso de mesa, para tener un mejor ángulo.
No obstante, a pesar de mis esfuerzos, no logro descubrir de qué se trata.
Y es que el hombre está de tal manera volcado sobre la lectura que no alcanzo a apreciar nada.
Tal vez lo más sano sea quedarme con la duda, me digo.
Lamentablemente, no me escucho, y termino poniéndome de pie y acercándome al tipo sumergido en la lectura.
Tras llegar junto a él y hacer un poco de ruido el tipo levanta la vista y me mira, todavía encorvado.
-¿Qué quiere? –me pregunta.
En vez de contestarle yo lo observo con atención.
Es jorobado, descubro.
Y el libro que leía era una mierda.
-Perdón –le digo-. Creo que lo confundí con alguien.
Tras decirlo, me pongo tan nervioso que decido irme rápidamente del lugar.
Con tanto apuro lo hago, que olvido incluso el libro de Clowes sobre una mesa.
Cuando regreso por él, unos veinte minutos después, descubro que ya no estaba.
Ni el libro ni el jorobado, por cierto.
Por un momento pienso en regresar a la librería, por otra copia de la novela, pero recuerdo que me comentaron que estaba en oferta porque era un saldo.
Última copia, me habían dicho.
Decido dar entonces una última vuelta por el lugar, antes de regresar a casa.
Tal vez en esta ocasión tenga suerte, me digo.
Pero no.
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