Eso es lo que me aclara, mientras hablamos. Que no se refiere necesariamente a lo que ocurre hoy, sino a todas las demás mañanas. Sigue explicándose así, atropelladamente, aunque no llego a vislumbrar qué tan claro o confuso está. Por lo mismo, le pregunto si al menos sabe qué día concreto es hoy. Él me mira entonces, como si esperase que yo mismo diese la respuesta. Así, un poco por ayudarlo, le doy alguna pista.
-¿Jueves o viernes?-, le digo.
-¿Acaso no pueden ser los dos? -contesta-. ¿No puede acaso ser jueves y viernes, hoy día? Después de todo es una excepción. Es la mañana previa de todas las demás mañanas…
Sigue hablando así, varios minutos y yo intento seguirlo. Habla del invento ese de elegir. Jueves o viernes, vida o muerte...
-¿Acaso no podemos estar vivos y muertos al mismo tiempo? -me pregunta-. Vivos y muertos y esperando un jueves y viernes todas las demás mañanas…
Yo me quedo en silencio y lo dejo hablar. Tal vez incluso asienta un poco, inconscientemente, o me parece al menos que él así lo imagina.
-Dostoievski también fue Dostoievski cuando no escribió –dice ahora-, cuando quedó borracho y tirado en el piso, en algún sitio… antes de que comenzaran todas sus demás mañanas…
-¿Me lo estás preguntando o lo estás afirmando?-, le pregunto.
-Afirmando –dice él, mientras se pone de pie-. Y preguntando.
Se estira un poco en medio de la calle y se sacude la ropa.
-Voy un rato al sol –dice finalmente, moviéndose hacia la luz-. Solo un rato.
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