lunes, 26 de enero de 2026

Nunca los veo vender nada.


Siempre que pasábamos por ahí ella se quedaba mirando el local. A veces hasta bajaba el ritmo de la caminata o se detenía derechamente a observar un poco.

-Nunca los veo vender nada –me dijo un día.

El local era una vidriería. Antes había sido una barbería, pero eso es otra historia. Lo cierto es que la vidriería de ahora estaba bastante bonita, letras grandes sobre una mampara de vidrio, varios carteles y algunos productos expuesto fuera incluso, pues promocionaban distintos tipos de cortes, marcos de ventanas y hasta algunos espejos.

-Es cierto –comenté- creo que nunca he visto entrar a alguien.

Nos quedamos ahí un rato, observando. Ella se veía triste. Como si la vidriería fuese suya o le recordase alguna otra cosa, pensé.

-Debe salirles caro cortar el vidrio con diamantes –dijo entonces-, fijándose en lo que decía un letrero.

Yo iba a reírme, pero como vi que seguía seria le expliqué que se trataba de diamantes distintos. Son sintéticos, le dije, hechos para cortar. De bajo costo, en resumen.

Ella parecía ahora más triste. Desesperanzada, me pareció.

-De pronto podemos comprar algo –le dije-, ya sabes, para ayudar.

Ella me miró como si evaluase la propuesta.

-¿No necesitamos nada? –preguntó entonces-. Cambiar un vidrio o algo así…

-No creo –le dije-. Cambié una ventana del dormitorio hace varios años. Creo que no se ha quebrado nada.

-¿Y entonces?

-No sé… tal vez un espejo –dije-. Tal vez tengan algún producto que nos sirva si miramos dentro.

-¿Dentro?

-Sí –expliqué-, dentro del local, quiero decir…

Yo estaba dando ya un paso hacia la tienda, pero ella me sujetó del brazo.

-No es ayudar si lo hacemos así –dijo entonces-. Mejor vamos a casa.

Yo asentí.

Aunque me faltaba un final, asentí.

Y lo dejé estar.

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