Hubo un tiempo, hace ya muchos años, en el que trabajé en un estacionamiento.
Era un espacio inmenso que habilitaban a un costado de un estadio, cuando había partidos o conciertos de importancia.
Yo era el encargado de cobrar al ingreso y entregar la boleta.
Una vez dentro, había acomodadores y otras personas que se hacían cargo del cuidado de los autos.
Por lo general, el estacionamiento lo cerrábamos minutos después de comenzado el evento, y yo debía entonces ir a hacer cuentas para rendir lo recaudado.
Como no teníamos una oficina o lugar específico para eso, me ubicaba entre algunos autos para contar, separar billetes y ver que todo cuadrara perfectamente.
Una vez, mientras lo hacía, comencé a oír ruidos en un auto. O en el maletero del auto, más bien.
Era un auto grande, recuerdo, bien cuidado, pero de modelo antiguo.
Me acerqué a él y fui hasta el sector del maletero, desde donde provenían los ruidos.
Le conté a uno de los acomodadores y me recomendó que fuera a buscar un policía.
Lo hice y expliqué la situación.
-¿Escuchaste voces, alguna pedida de auxilio o algo así? –me preguntó.
Le dije que no. Solo ruido, explique, en el maletero.
-A veces los autos suenan –comentó, sin darle importancia-. Si escuchas algo concreto avísame, voy a estar en este sector.
Volví al lugar donde estaba el auto y me acerqué nuevamente al maletero. Di unos golpes en él.
Volví a escuchar ruidos dentro.
Observé con cuidado el auto para descartar que tuviese alguna alarma activada.
Intenté abrir el maletero, sin mucha esperanza.
Sorprendentemente, se abrió.
Adentro había un extraño animal, amarrado, que forcejeaba y se movía bruscamente.
No estaba seguro, pero me pareció un canguro.
No me atreví a desamarrarlo, pero fui a buscar a algún cuidador para decidir qué hacer y me alejé un poco.
Tras dar unos pasos escuché un ruido fuerte a mis espaldas y me volví.
El animal ya no estaba.
Miré por el estacionamiento, buscándolo, pero no lo encontré.
Para no tener problemas decidí mejor cerrar el maletero.
Lamentablemente, no cerró bien.
Volví a mirar dentro y vi que había unas cuantas cosas tiradas dentro.
Un par de botellas, un bolso pequeño, alguna prenda de vestir y un libro medio roto.
Todavía estaba mirando cuando sentí la voz del supervisor al que debía entregar el dinero y rendir cuentas.
Fui hasta donde estaba y eso hice.
Me hizo firmar unos papeles, como siempre, incluido el sector donde se anotaban las observaciones especiales.
Dejé en blanco ese sector y firmé, como siempre.
Luego, en vez de irme, me quedé hasta último momento, esperando alguna novedad y sin dejar de observar aquel auto.
Nadie se lo llevó. El auto quedó ahí.
Vi que el último encargado hablaba con un policía para ver que hacían con el vehículo.
Para no meterme en problemas, decidí irme, simplemente, del lugar.
Tal vez estaba nervioso, simplemente, pero recuerdo haber sentido que algo me seguía.
No me voltee ninguna vez, para ver, pero seguí sintiéndolo hasta llegar a casa.
-Puedes pasar si gustas –dije en voz alta mientras cerraba los ojos, luego de abrir la puerta.
Dejé pasar unos segundos y luego cerré.
-No cambies de lugar los libros –agregupe-. Y si vas a morir aquí, arroja al menos tu cuerpo fuera.
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