viernes, 9 de noviembre de 2012

Mil, o Las Bienaventuranzas de Cristo en el hipódromo.




Viendo a la muchedumbre agolparse sobre las gradas,
Cristo subió hasta una caseta de transmisión
y abriendo Él su boca
les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los que no hacen caso de pronósticos,
porque ellos fabrican su propio destino.

Bienaventurados los que apuestan a un solo ganador,
pues han sabido escapar de la tibieza.

Bienaventurados los que buscan ganar la carrera desde el inicio
y no escatiman fuerza en momento alguno.

Bienaventurados los que desenterraron sus ahorros y apostaron,
porque la pureza habitará en sus manos vacías.

Bienaventurados los que rodaron en la curva,
porque enfrentaron la vida siempre en línea recta.

Bienaventurados los que no arrojaron sus recibos sin premio,
pues ellos sacarán dividendos de sus derrotas.

Bienaventurados los que no vieron la carrera por ir hacia los baños,
porque ellos comprendieron la importancia de su propia naturaleza.

Bienaventurados los que no dejaron de apostar luego de triunfo,
pues ellos algún día, lograrán librarse de aquel premio.

Bienaventurados los que se sintieron más pequeños que los jockeys,
porque descubrieron el secreto del tamaño del mundo.

Bienaventurados los que olvidaron al ganador y admiraron al último caballo,
porque la verdad entrará así en sus corazones.

Y por último,
bienaventurados los que apostaron por el caballo Humanidad,
porque transformarán la pérdida, en la más valiosa victoria.

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