Hechos (I).
El antiapocalipsis ocurrió en Martinica, en 1902. Una de las mayores erupciones volcánicas registradas aunque algún experto dirá que no es ese el nombre técnico correcto. Y es que las 30.000 muertes que provocó aquel incidente ocurrieron en segundos, por un flujo piroclástico que se habría desplazado a 670 kilómetros por hora, haciendo imposible la salvación de cualquiera de los habitantes de la ciudad de St. Pierre, que resultó totalmente destruida.
Así, quienes desde lejos fueron testigos de esta
destrucción, no pudieron sino arrojar distintas versiones de lo sucedido, que
coinciden únicamente en la magnitud de la tragedia y en la aseveración de que
era imposible que existiera algún tipo de sobreviviente, luego de lo sucedido.
Con todo, los registros del hecho confirman la
existencia de tres sobrevivientes –también se citan en alguna versión otros dos,
pero aquello se desmintió rápidamente-, una muchacha que se había arrancado de
la iglesia y había desobedecido a su madre ocultándose en un pozo, un zapatero
que intentaba colgarse en un sótano, y el preso más peligroso de la cárcel de
la ciudad que había sido confinado en una celda aislada, lo que le permitió
sobrevivir.
Todos los demás habitantes de la ciudad murieron,
por supuesto.
Es decir, se había salvado una especie de
antitrinidad que no había sido escogida, como podrá notarse, por sus virtudes.
Atraído por la historia, hace ya varios años avancé
en una narración centrándome principalmente en los sobrevivientes de quienes
investigué por largo tiempo.
De la niña, Havivra da Ifrile, lo cierto es que
pude encontrar muy poca información, salvo algunas referencias contradictorias
que coincidían en la apresurada declaración de esta niña como desaparecida,
luego que huyera de un centro de rehabilitación donde se recuperaba,
principalmente, de sus quemaduras.
Del zapatero, León Compére-Leandre, encontré un
libro donde hacía referencia a los hechos –fue sobreviviente además en otras
dos grandes erupciones-, aunque la claridad de su narración no coincide con los
constantes diagnósticos de demencia que lo obligaron a estar internado en hospitales
siquiátricos casi el resto de su vida.
Por último –y esta era la historia que más me
interesaba-, estaba la presencia del asesino Cyparis, quien, luego de
sobrevivir, fue indultado de su pena de muerte y puesto en libertad, para que “gozara
de su vida”. Cyparis, así, con quemaduras en su espalda producto del mismo evento
y conocido como el superviviente más
emblemático de aquel momento, pasó a trabajar para el circo Barnum, en Estados
Unidos, exhibiendo sus quemaduras y viviendo por varios años en una réplica de
su celda en Martinica, hasta prácticamente el momento de su muerte.
Hechos (III)
Resulta extraño hablar de antiapocalipsis. Pero es
innegable que a esta especie de juicio final solo sobrevivieron los que, aparentemente,
debían haber sido condenados.
Tampoco sé si hablar de oportunidades o
coincidencias o hasta anécdotas… pero hay algo en esa historia que ha resonado
en mí desde la primera vez que la escuché.
De hecho, el relato que escribí, hace años, hablaba
de estos tres sobrevivientes planteando que eran, tal vez, tres dioses, y no lo
sabían… aunque representaban, cada uno, un modelo particular de humanidad.
Con todo, nunca terminé y hasta perdí aquel relato.
Hoy, descubro que en la exhibición de Cyparis en el
circo Barnum –donde se presentaba como “el hombre que sobrevivió al juicio
final”-, también se aseguraba que en las quemaduras de su espalda, bajo cierta
luz, podían leerse palabras de una frase inconclusa.
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