lunes, 20 de enero de 2014

Un plato sobre la mesa.

“No. Hay tumbas verdaderas y tumbas que no lo son,
así como para morir hay el buen momento
y el mal momento”
R. B.


La mujer de Robinson se complicó porque no le gustaba botar comida.

Robinson era un pescador de Chiloé, de la zona de Quellón.

Robinson Medina, creo que se llamaba.

La historia me la cuenta la dueña del único almacén donde encuentro duraznos.

Uno estaba medio machucado, pero no importó mucho.

Además la señora me contó la historia y eso compensa.

La historia, por cierto, es sencilla, pero no sé cómo contarla.

Quizá deba partir diciendo que no tuvieron hijos y que a Robinson le gustaba un plato con mariscos, cilantro y papas, que se debía hervir tres veces.

Es un plato complicado porque hay que cambiar las verduras y sazonar distinto entre los distintos hervores, me explicó la mujer del almacén.

Cómo sea, el punto es que la esposa de Robinson le había preparado este plato sin que él se lo pidiera, solo para demostrarle que estaban felices y que eran buena familia, aunque no tuvieran hijos.

Así, la esposa de Robinson lo saludó al llegar del trabajo y lo dejó sentado mientras le echaba más leña a la cocina para el último hervor.

Veinte minutos después estando listo el plato, ella se lo llevó a su marido y le avisó que se sentara a comer.

Pero el marido no iba.

La esposa de Robinson se extrañó porque el olor era bueno y estaba por toda la casa, pero el marido no dejaba de mirar por la ventana.

Y afuera había mar no más, me explica la mujer que me cuenta la historia.

Fue entonces que la mujer de Robinson dejó el plato sobre la mesa y se acercó donde él estaba.

Y claro, descubrió que Robinson estaba muerto.

Sentado, tranquilito, pero muerto, mirando por la ventana.

Fue entonces que la mujer de Robinson, muy tranquila, avisó a los vecinos.

Ella decía que él estaba muerto, pero en verdad no se daba cuenta, me dice la mujer del almacén.

Todos creían que era broma, pero al final lo comprobaron.

Le hicieron un funeral bonito al Robinson, comenta la mujer del almacén.

Lamentablemente, la esposa del muerto no reaccionó de buena forma.

Cuando la acompañaron a casa, días después, por ejemplo, descubrieron que el plato estaba lleno de moscas, servido aún, sobre la mesa.

Fue entonces que la esposa de Robinson se excusó diciendo que no le gustaba botar la comida.

Cuando la quisimos botar se puso como loca, dice la mujer del almacén, mostrándome la cicatriz de un rasguño que ella la dio.

Por eso se la llevaron pal sanatorio de Santiago, concluye.

Luego se queda en silencio.

Los duraznos valían $350 cada uno, pero me dejó 3 por $1000.

Al final el machucado fue el que tenía el sabor más dulce.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales