sábado, 13 de agosto de 2011

Kant y el enlace de la existencia.

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“Hume afirma con razón, que la posibilidad de la casualidad,
es decir, de la relación de la existencia de una cosa
con la existencia de cualquier otra que es dada necesariamente por aquélla,
no podemos en modo alguno comprenderla por medio de la razón”.
Kant, Prolegómenos a toda metafísica del porvenir.
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I. Kant miente. Pero miente con talento. Y con intención, que es lo importante.

Así traduzco lo que siento cuando vuelvo a leer algunos fragmentos subrayados hace ya muchos años en los Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, y que traen consigo nuevamente la pregunta que resuena en mí cada vez que intento leer seriamente a Kant, y que dice relación con el objetivo hacia el cual se encamina su discurso.

Y es que más allá de todas las otras dificultades –comunes-, que supone el entendimiento del contenido de algunas de sus obras, hay algo en la forma discursiva –y principalmente en el sentido que siguen sus palabras-, que me lleva a ver la figura del “Kant enunciante” como un ser difuso, que apunta no solo a la exposición y demostración de una doctrina general que permita organizar la estructura y alcances de la razón y blablablá, sino que tiene un objetivo otro, no del todo manifiesto, pero que es rastreable desde las Meditaciones sobre la verdadera estimación de las fuerzas vivas, hasta el último de sus escritos.

Sin embargo, intentar demostrar esto –que hay un objetivo en Kant que trasciende sus distintos escritos filosóficos más allá de los alcances de su doctrina-, resulta una tarea tan abstracta y de difícil comprobación, que es preferible renunciar a ella y elegir la simple exposición de una serie de impresiones al respecto.

Advierto, asimismo, que dichas impresiones pueden ser fácilmente refutadas, sobre todo considerando que la enunciación de éstas, desde mí, está dirigida a aquellos que están dispuestos a creer sin meter los dedos en las llagas de mi argumentación, y que confían en que un texto escrito directamente en la plantilla de un blog, está también apuntando en una dirección desinteresada ajena a quien la enuncia, como un regalo destartalado que se entrega mirando afectuosamente a los ojos de quien quiera recibirlo.


II. Kant es un pontífice. Pero los puentes que construye no están ahí para unir los dos extremos, sino para mirar y comprender, desde el puente creado, la profundidad total del abismo que los separa.

Esta es una de las imágenes que tengo de Kant. Un constructor de puentes entre distintos ámbitos del conocimiento –por ejemplo entre los conceptos del entendimiento y los objetos de la experiencia-, cuyo interés difiere del valor que se asigna comúnmente a sus construcciones, puesto que más que unir de forma necesaria estos “espacios”, los puentes “diseñados” por Kant se sustentan sobre un enlace cuyo significado esencial es inseparable de la existencia necesaria del abismo que distancia las aparentes zonas de acción del conocimiento.

Es decir, mi impresión es que Kant no parece distinguir mayores diferencias entre el enlace que permite unir los ámbitos del conocimiento y el abismo que los separa.


III. Kant miente para llevarnos sobre el puente. Para que entendamos que la existencia personal y el significado esencial no han de sustentarse en doctrinas ni en conocimientos aparentemente sólidos, sino en aquello que consideramos como un vacío. Por eso he nombrado aquello como el enlace de la existencia, puesto que solo sobre él se existe verdaderamente.


IV. Kant también sabe que solo los cuerpos en caída llegan a ser conscientes de su propio peso. Incluso lo tiene presente cuando diseña una doctrina que imposibilita -o dificulta al menos-, la caída que sabe necesaria.


V. Kant hace explícita su idea sobre la imposibilidad de comprender las cosas en sí mismas desde los principios de experiencia posible, para decir con esto que solo tenemos acceso a la comprensión de la cosa en sí que somos nosotros mismos, separados de los hechos concretos de nuestra experiencia.

En este sentido, mi impresión es que Kant no considera la caída desde el puente –considérese incluso el permanecer sobre el puente como caída-, como un hecho al que pueda atribuirse un principio de experiencia.


VI. Kant cree en la existencia de una comprensión pura, distinta al entendimiento puro que es necesario plantearse antes de toda indagación metafísica. Dicha comprensión, sin embargo, -esta es mi impresión-, resulta tan propia e íntima que cualquier intento de exteriorizarla terminaría por transformarla en entendimiento, y cambiando una existencia pura por un concepto de pureza, que ya no es tal.


VII. Kant no es consciente de su propia comprensión, pero la intuye. Esto sucede ya que el objetivo último de la comprensión no está dado en dirección a nosotros mismos sino hacia los otros.

Es decir, mi impresión es que la comprensión pura –cuya existencia se puede evidenciar sobre el abismo y por tanto en el enlace entre las zonas sólidas sobre las que actúa el conocimiento-, solo viene a existir para crear otro tipo de enlace, que permite vincular nuestra existencia con la de los otros y hasta con el mismo abismo.

De no ser así, y esta es mi última impresión, la comprensión se hace estéril y se transforma en entendimiento, el cual hace reconocible, para nosotros mismos, aquello que es dado comprender en primera instancia para los otros.

Quizá a eso hace mención Kant cuando erróneamente señala que en el fondo de la existencia de las cosas es necesario que exista un sujeto que –él mismo-, no pueda ser predicado de cualquier otra cosa y blablablá.

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