domingo, 15 de diciembre de 2013

Ritos (I)


Éramos nueve. Celebrábamos una especie de graduación, todos vestidos de gala. Ya habíamos cenado, hablado y bebido lo suficiente. Entonces nos acercamos a la piscina. Recuerdo que había un camino, de luces, que llevaba hasta ella. Todo ocurrió como un pacto secreto, sin necesidad de decirnos nada. Simplemente nos paramos cerca de los bordes, a una distancia relativamente homogénea. Fue entonces que uno de nosotros miró a los ojos del resto y comenzó a decir sus razones. Luego, sin más, se arrojó al agua, como si se lanzase al vacío. Y es que todo, ciertamente, funcionaba como un falso suicidio. Nombrábamos de alguna forma nuestro fracaso, nuestro dolor… o simplemente aquello que nos había defraudado. Luego nos lanzábamos a la piscina. Uno a uno hicimos lo mismo. No intentamos detenernos. No refutamos los argumentos del otro. Respetamos la decisión, digamos. Honramos nuestra falsa muerte. Nos hundimos en el agua. Ascendimos. Pesados por las ropas mojadas salíamos de la piscina y quedábamos entonces de espaldas a ella. De espalda a lo que habíamos sido y a lo que habíamos dado muerte. Tranquilos. Si alguno lloró no lo supe. Al menos yo no lo hice. Habíamos sido amigos por varios años. Confiábamos los unos en los otros. Luego de salir del agua cada uno siguió su camino. No volvimos a hablarnos. En el agua, tal vez, se hundieron nueve corazones.


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