jueves, 20 de mayo de 2010

Sobre algunos bordes de mi mundo -erróneamente llamados límites- y mi afecto por Wittgenstein.

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De Wittgenstein admiro sobre todo su trabajo como jardinero. Y es que si tiene razón en lo que plantea sobre el lenguaje, no sólo me quedo sin trabajo, sino también sin mundo.
Así que es también correcto decir que es con todo el miedo de perder un mundo con lo que admiro el trabajo de Wittgenstein como jardinero.
¿O no debí haber dicho "es con todo" sino "es equivalente" y establecer una comparación entre la cantidad de miedo y la cuantificación de la admiración?
¿O no son estos últimos cuantificables?
¿O existe un problema más de fondo en todo esto?
Quizá el primer Wittgenstein podría contestarnos. Y es que suele hablarse de dos Wittgensteins pues su pensamiento parece contradecirse en dos distintas etapas: una primera testimoniada en el Tractatus (único libro publicado en vida) y la otra puesta de manifiesto en los cuadernos azul y marrón (y quizá más organizadamente en sus Investigaciones filosóficas, aunque yo no esté tan de acuerdo con eso, cosa que a nadie le importa).
Pues bien, el primer Wittgenstein, como decía, quizá puede contestarnos. Porque aún cree en las palabras para dar explicaciones del mundo. Aún es lo suficientemente ingenuo para ello. Todavía sostiene que nuestro mundo, a partir del lenguaje descriptivo, sustentado en la lógica, puede darse, a partir de esta misma relación.
Es decir, parece creer que el mundo está formado -sé que esta frase no es pertinente, pero da sentido- que está formado, decía, a partir de las relaciones que la lógica, a través del lenguaje, permite hacer con los objetos, para transformarlos en hechos del mundo, que son a su vez, la sustancia misma del mundo, o el mundo mismo, (lo que por cierto, no debiese ser lo mismo).
Con esto, sin embargo, el primer Wittgenstein estaba negando la existencia del mundo como una verdad. Me explico, si bien no lo negaba explícitamente, Witt prefirió aquello significativo, cuya condición estaba dada a partir de un estado de cosas lógicamente posibles (vale decir un hecho lingüístico lógicamente bien establecido) a cualquier otra forma que existiera fuera del lenguaje.
El mundo, según este primer Wittgenstein sería entonces la suma de esos hechos verificables en el sentido más que en su verdadera existencia, es decir, dados a partir de relaciónes lógico-lingüísticas y no necesariamente en su estado concreto. Es decir el mundo formado por los hechos que se dan y no se dan realmente, pero que son posibles lógicamente, como hechos lingüísticos, que dan, en definitiva, ser al mundo.
¿Qué quiero decir con esto?
Sencillamente que no logro querer a Wittgenstein por esto. Y sin embargo le tengo un aprecio increíble. Profundo y significativo más allá de toda lógica pues lo siento concreto aquí cuando busco hacerlo parte de su mundo, en medio de estas palabras.
Y es que si llego a tenerle cierto cariño a este primer Witt, quizá sea por la ingenuidad de haber dejado fuera del mundo existente su mismo texto que da cuenta de este periodo: El Tractatus Logico-Philosophicus, ya que si sólo podemos hablar de los hechos del mundo, sustentables entre la relación de objetos pensables, -en otras palabras: "decibles"-, y el Tractatus habla de la herramienta, es decir, habla de la lógica y el lenguaje que se establece como la prueba sólida que nuestro mundo existe como hechos validados a partir de esa misma lógica y ese mismo lenguaje... pues entonces el Tractatus mismo queda fuera de ese mundo, ya que la lógica o la forma lógica no serían describibles, pues serían ¿en relación a qué? si elllas son las bases que explican el funcionamiento de esas mismas relaciones.
En definitiva, mi afecto por ese primer Wittgenstein es aquel que se siente por un niño que crea un juego extremadamente complejo donde utiliza todos sus juguetes -no hablemos aquí de amigos que esto se complica- pero él mismo queda fuera de ese juego y sólo puede observarlo desde fuera, pues es el creador y es además quien lo sustenta, y es también, por si fuera poco, las reglas mismas de ese juego, y no tiene derecho, ni razón, ni posiblidad, de darse dentro de él.
Resumo: le tengo afecto a ese primer Wittgenstein -un afecto que por cierto no logra explicar todo mi afecto y admiración- porque es un niño que se quedó afuera de su propio juego. Afuera del mundo que él mismo había descubierto. Y ese afuera permite además creer en lo místico. En aquello que existe fuera de este mundo lógico, y en el cuál hay, al menos, un niño solo, viendo funcionar un mundo.
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Debo entonces buscar la fuerza de mi afecto, o parte de esta fuerza de esta voluntad de afecto que es enviada hacia ese nombre (Wittgenstein) en otro lugar. Así que intento buscarlo en ese segundo Wittgenstein. En el de los Cuadernos azul y marrón.
En ellos, el nuevo Witt, va a dejar de lado la lógica, -al menos en parte-, y se centrará más en el lenguaje, en quienes lo practican, y en la utilidad -nuevamente no es ese el término pero qué le voy a hacer si en diez minutos debo irme a trabajar-, que éste tendría.
Para esto Witt, comenzará ahora a hablarnos de otro juego. Un juego donde las reglas no estarían dadas por la lógica sino en el uso y en el contexto donde el uso y la aplicación de las proposiciones -que siguen en todo caso dando esencia al mundo- se establecen.
Entonces, el juego pasa a ser algo así como probar si una proposición es absurda o no a partir del contexto y los hablantes (cuyas experiencias de vida forman su propio contexto) y ver si resulta pertinente o no -a veces Witt será nuevamente ingenuo y hablara de verdad-, y ver si esa frase es, -lo reconozco, en palabras vulgares-, como si apostásemos sobre si un viejo es capaz o no de orinar al interior de un tiesto que es el mundo de las proposiciones correctas.
¿Pero si el veiejo le achunta afuera?
Primero, que no le achuntaría. Fallaría y caería afuera, que es distinto. Segundo, caería en una región del mundo (porque al menos aquí Witt acepta que esto sigue perteneciendo a esa gran estructura aunque quede fuera del sistema-contexto particular establecido por la experiencia de los hablantes) equivocada, una región del mundo donde no es pertinente. Imaginemos entonces una alfombra, sólo que Witt no se preocupa de hablarnos sobre las consecuencias de que este líquido lingüístico caiga fuera del tiesto, ya que ha pasado a centrarse en el tiesto mismo y en la utilidad de la orina del viejo -que no pasa de ser un juego y por eso no consigo apreciarlo demasiado por esto- dentro de dicho recipiente.
Sin embargo, podríamos señalar, este juego no es privado. No es privado ya que para validar sus reglas, es necesario que exista una comunidad de hablantes, una serie de sujetos que digan cuál es el tiesto y cuál no y que marquen las reglas de funcionamiento de la caída de orina de ese viejo y que vigilen que este viejo no haga trampa y se le ocurra decir después que ganó el juego cuando el tiesto quedó vacío.
En otras palabras, Witt está negando la existencia posible de un lenguaje privado pues este debe funcionar en base a reglas, y esas reglas fijan un funcionamiento, con lo que, al ser un lenguaje particular, las normas de ese funcionamiento variarían infinitas veces a partir del uso concreto de la persona, siendo además un uso siempre correcto, cosa que a Witt parecía molestarle, quizá porque seguía siendo lo suficientemente lógico, después de todo.
Y entonces
1. ¿Siento o no afecto por afecto por este segundo Wittgenstein? y
2. ¿Basta este afecto, más lo sentido por el primer Wittgenstein para explicar la totalidad de mi afecto-admiración?
Pues sí, siento afecto. Pero no el suficiente para explicarlo todo.
Y siento afecto por este Witt segundo, a pesar que siento no resuelve nada con su discurso, y su pensamiento queda ahí como un cartel que nos invita a llegar a una villa en la que es imposible avanzar. Bienvenidos a Villa Perlejos, parece decirnos. Un pueblo en el que usted nunca podrá transmitir aquello que siente pues el lenguaje no es individual y se basa en experiencias personales, por lo que el otro y usted mismo siempre, a pesar de los intentos que haga, siempre estará hablando consigo mismo aunque sus estructuras comunicativas parezcan estar relacionándose con un otro, y le produzcan espejismos.
Villa Perplejos, un pueblo en el que se piensa que el mundo está dado siempre al interior del contexto comunicativo particular de cada situación, pero que a la vez cada situación se desvaneces y da realidad a otra situación más pequeña -algo así como esas muñecas rusas que van unas dentro de otras- hasta terminar con un lenguaje que es individual y que por cierto, no es válido, y que por lo tanto, se anula a sí mismo. Y si está enredado mejor que venga Gödel a explicárselo. Un tipo que vive en otra villa cercana a esta, pero que tabién se desvanece, por cierto, a pesar de lo cual sigue siendo verdadera.
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Pero entonces ¿de dónde mierda viene mi afecto por Wittgenstein? ¿Por qué me es simpático este tipo que pretende dejarme sin empleo y sin mundo y dudando de mí y de mí lenguaje y del que forma y que transporta mi lenguaje?
Quizá mi efecto y mi admiración, como decía en un principio, se dirige hacia un monasterio en Viena donde Wittgenstein trabajó como jardinero.
Ahí, en medio de esas plantas, añejado de todos, y en silencio, es cuando siendo que este Witt necesita mi afecto. Y entonces se lo envío.
Y es que estuvo ahí varios años. Los suficientes, supongo, como para ver crecer aquello que él mismo debió haber sembrado.
Ver nacer un mundo, en definitiva. Un mundo real, percibible y bello y que no me deja sin trabajo ni destruye mi propio mundo, por cierto. Ni el de nadie.
Vaya entonces a ese Wittgenstein mi afecto... y mi admiración... y no detallo más otros aspectos de ese Witt porque de renuncias a herencias, de ir a pedir disculpas a esos alumnos que golpeó, y de otra farándula varia también hay mucho que decir y poco tiempo.
Y lo importante aquí es admirarlo mientras limpia aquellas hojas y abre la tierra, para que de la tierra removida nazca ago...
Y sí, de Wittgenstein admiro sobre todo su trabajo como jardinero. Y es que si tuvo razón en aquello que planteó...
¡Ahhh! parece que ya dije esto.
Y voy atrasado nuevamente.

2 comentarios:

  1. Oye, si estás en Quilpué, te espero en mi casa a las diez. Voy a estar sentada en la escalera hasta las diez y cuarto. Si estás en Santiago, te espero mañana en el café Colonia a las doce, voy a esperar ahí hasta las doce y cuarto. Tienes que llegar a cualquiera de los dos lados (de preferencia a mi casa, mi mamá acaba de irse a Algarrobo) para que me expliques de que chucha estai hablando. Se acabó la cuestión >:( Y si puedes y si vienes hoy, por favor tráeme un Lucky Click verde, acá te los pago. Gracias.

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