miércoles, 10 de noviembre de 2010

Nueva teoría del pliegue, o teoría de Vian. (Parte IV)

"La ciencia es la física.
Lo demás es coleccionismo de estampillas"
Rutherford.

I. Bienvenida y remembranza.

Buenas noches.

Puedo ver que sólo han venido dos de ustedes, pero supongo que han traído las preguntas que han de aclarar las dudas que pueda tener la humanidad sobre la nueva teoría que durante estos días intenté explicar, aunque no siempre con el éxito que esperaba.

Antes no era así, antes yo venía, explicaba y las palabras fluían como sangre de una herida. El espacio se hacía poco y ustedes debían sentarse intentando ocupar el menor espacio posible, para escuchar aquello que debía entregarles.

Y luego venía la ovación. El aplauso. Y hasta el cambio de vida.

Pero pasó el tiempo. No sé si fue el alcohol, o la mala facha, el clima, o el asunto responde en realidad a mi negativa por utilizar el lenguaje que a ustedes parece resultarle más adecuado, pero el caso es que ya me ven aquí, a oscuras en un lugar que se inscribirá en la historia luego de dar respuesta a sus preguntas y de que el mundo entero comprenda la importancia que tiene esta teoría del pliegue, que viene a instalarse, casi como un mesías, entre nosotros.

Y es que he decidido ser la voz del pliegue, por lo que no puedo utilizar, para explicar su existencia, un lenguaje establecido entre parámetros rígidos y ajenos a él. Asimismo, la forma que toma mi discurso, resulta ser la forma que dicta el propio pliegue, pues yo intento intervenir, en dicha transcripición, lo menos posible.

Pero bien, comencemos mejor con las preguntas.

II. El silencio.

...

III. La neguentropía.

No me atemorizan los silencios. No sé si trata de desprecios, o es quizá una actitud dirigida, y organizada. Quizá ustedes son infiltrados enviados por Rutherford, quien aún no concibe que alguien que ha preferido la colección de estampillas a la ciencia -por citar una de sus frases más celebres-, venga ahora a revolucionar lo conocido, desechando ese lenguaje que tan lejos del mundo los sitúa y que, por lo mismo, tanta protección les ofrece.

Yo intento conciliar otras formas. Yo escribo ciencia con c de caca y me revuelco en la neguentropía.

De hecho, creo que es justamente desde la neguentropía desde donde, como manifestación concreta, surge el pliegue.

Y es que el pliegue surge a los sentidos, justamente entre la oposición del medio que tiende a cancelarlo, u ocultarlo.

Pero no quiero que me obliguen a entregar mis datos de forma dispersa.

Así que les diré nuevamente, y se los pediré incluso, como favor:

Ya es momento que comiencen sus preguntas.

IV. El silencio (II)

...

V. La insistencia.

Por favor, pueden preguntar con confianza.

¡Atrévanse!

VI. La voz de los otros (por fin).

El otro I: ¿No va a compartir con nosotros cerveza artesanal como ayer?

El otro II: ¿No preparó esas cosas para comer que ayer nos sirvió?

Vian: Hoy les traigo un alimento distinto... uno que ha de quitarles el hambre de comprender al mundo, la sed de...

El otro I: No tenemos esa hambre.

El otro II: No tenemos esa sed.

Vian: Entonces intentaré entregarles sed, compartir la mía con ustedes... hacer que esto sea necesario de alguna forma y...

El otro I: ¿Entonces no habrá cerveza?

Vian: No, pero los embriagaré con...

El otro II: ¿No habrá cerveza?

Vian: No. No habrá. Y si quieren pueden irse.

El otro I: ¿Y algo para comer?

Vian: No. No habrá de eso...

El otro I: Hasta luego, entonces.

El otro II: Hasta luego... ¡ahueonao...!

VII. La otra mejilla.

Pueden burlarse. Pueden dejarme a solas esta noche, pero su desprecio me tiene sin cuidado. Sólo despreciamos aquello que apreciamos en un primer momento, por lo que sentir eso es casi mejor que la indiferencia.

Además soy profesor, y en parte, estoy acostumbrado a estos tratos.

Yo vengo aquí simplemente a declamar la teoría que ha de cambiar la forma de entender al mundo. El regreso a la filosofía natural que fue alguna vez la física y desde la cuál es necesario retomar sus primeros objetivos.

Y el que quiera oír mis explicaciones, que las oiga, y haga con ellas, lo que quiera.

VIII. Mis palabras.

El mundo tiene pliegues.
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La realidad no es el mundo.
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Sin embargo, el mundo también está en las cosas dadas a nuestra percepción y entendimiento.
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Las cosas dadas a nuestra percepción y entendimientos sólo revelan su existencia en tres y cuatro de sus múltiples dimensiones.
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Las dimensiones –incluso las no dadas a nuestra percepción y entendimiento-, son demostrables matemáticamente, aunque este hecho no garantiza su existencia.
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Algunos libros son pliegues, y existen en el mundo dado como capas.
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Otras obras artísticas, -escasas-, algunas pinturas y construcciones, por ejemplo, también son pliegues, o lo han sido.
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Los pliegues encontrables en la obras de arte no existen en sí, sino que son fruto del encuentro entre individuo y objeto, entre los que se establece el pliegue.
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El pliegue no transforma sino que produce energía, y hasta a veces materia. De ahí que contenga quarks, y que estos formen grupos, y hasta canten.
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La única forma en que podría develarse el misterio de la naturaleza de los pliegues, supone la superación del razonamiento lógico tradicional privilegiando lo azaroso y aleatorio, y dejando de lado como criterio de verdad la demostrabilidad y la experimentación científica.
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Desde este mismo punto, la demostrabilidad en función de la realizabilidad de un sistema axiomático, no puede ser establecida por el método de exhibir una realización.
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Además de los símbolos matemáticos, y los símbolos lógicos, que pueden permitir dar cuenta de la fundamentación de una teoría, la teoría de los pliegues, o de Vian, necesita, -para dar cuenta de sí misma-, el trabajo con los significados puros, es decir la experiencia directa e indemostrable, dada a nivel de las sensaciones causadas por el encuentro con el pliegue.
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Los hombres tienen pliegues. Al menos uno. Pueden encontrarlo como si buscasen la punta de una cinta adhesiva aparentemente desaparecida en un rollo que contiene la misma cinta. Sin embargo, el pliegue no supone el poder asir de forma alguna aquello encontrado, sino simplemente experimentar y percibir, a través del pliegue, su propia existencia como un hecho que trasciende al mundo hasta entonces percibido. Un hecho brillante.
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Formalmente habría que definir la teoría de los pliegues como un sistema incompleto, por carecer de demostrabilidad.
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Sin embargo, esto no supone cuestionamiento alguno respecto a su naturaleza como hecho verdadero (expresable en proposiciones verdaderas no demostrables).
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Existe un tercer y hasta un cuarto valor entre lo verdadero y lo falso, pero dicho valor –o valores-, siempre son verdaderos o falsos, al mismo tiempo.
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La expresión de expresiones que contengan dichos valores,-como el ejemplo que sirvió de epígrafe a la entrada anterior-, están construidos sobre fórmulas pertenecientes a la lógica modal, y que operan, necesariamente, de una forma distinta.
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La demostración aritmética y algebraica es una herramienta desestimable y hasta despreciable, cuando se trata de dar cuenta de procesos y sistemas que involucran al hombre y al mundo dado hacia el hombre.
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Todo encuentro de objetos y de seres, y hasta de onjetos (objetos ónticos) con alguno de los anteriores, ha de dar origen, necesariamente a un pliegue.
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Los pliegues son anteriores a las otras formas de existencias demostrables.
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Pudiese ser, -no lo afirmo-, que sean incluso el punto de origen a la vida y a la existencia del mundo que hoy día percibimos e intuimos.
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La existencia de un pliegue puede percibirse o intuirse sin que exista diferencia alguna entre estos dos hechos.
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Existe una voluntad inasible en el pliegue, que puede ser intuida pero no percibida de forma concreta, y, por lo tanto, también es, formalmente, indemostrable.
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La geometría es el onanismo matemático, es decir, el metaonanismo, y el (hombre) matemático que la ejerce, derrama su ser sobre papeles y figuras vacías, olvidando los pliegues y sin ser capaz, por lo mismo, de acceder a ellos.
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La primera etapa de existencia de los pliegues es su existencia como necesidad. Por eso la teoría de los pliegues será en primera instancia una invitación hacia, y no constituye de por sí, una existencia sustentable.
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Sin embargo, cuando hablo de necesidad, no hablo necesariamente de una carencia, ni un deseo expresable a partir de la voluntad de un sujeto, sino que, incluso, puede tratarse de una necesidad de voluntad, una necesidad de sujeto. Lo que explica además que sean primordiales a las formas concretas y a la experiencia dada, como se mencionaba en algún punto anterior.
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El pensamiento axiomático sólo es útil para servir de base al humorismo. Es decir, a proposiciones sencillas que revelan un absurdo demostrable que choca contra un sistema de costumbres ya arraigado. Y es inútil, por tanto, para todo lo demás.
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El devenir del hombre es el pliegue. O la muerte. Aunque ambos estados pueden de cierta forma coexistir pues, como decíamos, dependerá de una necesidad el inicio de su existencia como pliegue.
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La energía y materia formada en los pliegues es de naturaleza brillante, y su masa es similar a cero, aunque sin serlo.
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Los sistemas son dinámicos o no lo son, y su existencia sólo es rastreable al nivel de las estructuras.
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Dentro de los sistemas dinámicos, la aparición de un pliegue, el inicio de su existencia, y hasta su “encuentro”, no es predecible, pues no existen condiciones iniciales inalterables y existen además un sinnúmero de variaciones que pueden incidir en la manifestación de su existencia y de su existencia misma.
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Somos responsables de los pliegues que encontramos así como debiésemos ser responsables de nuestros hijos. No son independientes a nosotros, pues necesitan de nuestra necesidad para existir y permanecer y darse, que es por cierto, su forma natural de existir.
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Está permitido darle nombre a los pliegues encontrados, pero, aunque estos pliegues tengan una localización inicial dada incluso en nuestro cuerpo, no son bienes propios ni heredables. En este sentido, si bien pueden considerarse un bien raíz, sólo reciben este nombre a partir de que a través de ellos podemos nutrirnos de un algo que está más allá de nuestra realidad inmediata, y nos conectan con ese algo, a través del brillo.
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El no entendimiento de la naturaleza de un pliegue, y la exagerada dependencia que hacia ellos podamos desarrollar, pueden derivar en la transformación de un pliegue dado, en un pliegue atractor, y en vez de liberar el movimiento ellos nos inducirán a cierta periodicidad y predicibilidad de nuestros movimientos y órbitas.
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Sólo los cuerpos muertos están en órbita. Y están a una distancia tal de lo vivo que la existencia, en ellos, de un pliegue, pasa siempre desapercibida y es amarga a partir de ese mismo desamparo. La necesidad de esos pliegues sin embargo, -en aquellos cuerpos orbitales-, es la misma que la que provoca el nacimiento de una flor entre el asfalto, y hasta el fenómeno demostrable conocido bajo el nombre de desierto florido.
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La única manera de que un pliegue atractor deje de operar en cuerpos muertos es que pase a existir en más de tres dimensiones, por lo que accediendo a ellas, pudiese ser que su existencia sea en una de ellas la de un pliegue dado, y su existencia real sea plenamente realizada.
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Cuando no estamos acostumbrados a recibir el brillo proveniente o dado a través de un pliegue, dicho brillo puede producirnos dolor o hasta cegarnos, temporalmente. Dicha ceguera, sin embargo, contiene también un pliegue, algo así como un prisma, que posibilita y conduce a la superación de ese mismo estado.

La superación de ese estado, es la felicidad. Y la superación de todos, de ese estado, es la felicidad plena.

IX. Despedida.

Hay mucho que no he dicho. Muchos aspectos de esta teoría que han quedado, -como se decía antaño-, en el tintero.

Sin embargo, al mismo tiempo, existe una gran cantidad de información dispersa que podrían leer si accedieran a las claves necesarias.

Pero ahora... ahora siento como arena en los ojos y tengo sueño.

Antes de dormirme, eso sí, -o de intentarlo- doy fe de que esta teoría es verdadera.

Y hasta les digo con afecto que mi fe, por más sólida que sea, necesita de ustedes.

Buenas noches.

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