I.
Me mordió de pequeño, el perro de una vecina, que se llamaba Eclesiastés.
Sacó la cabeza por entre la reja y me mordió una pantorrilla.
Como no la soltaba y yo estaba tironeando salió la vecina y comenzó a gritarle:
¡Suéltalo, Eclesiastés…! ¡Deja a ese niño, Eclesiastés…!
El perro no hizo caso, por cierto, hasta que llegó otro vecino y lo pateo hasta que el perro me soltó.
En ese proceso me llegó también una patada del vecino, en plena canilla.
Recuerdo que en ese instante me dolió más que la mordedura del perro.
De paso, aquello me sirvió para comprender que un dolor nuevo puede en ocasiones hacer olvidar otro dolor.
Aunque en principio, por supuesto, los dolores no debiesen compararse.
II.
Lo de que los dolores no debían compararse se lo había oído decir a unos adultos.
Hablaban de la muerte de alguien esa vez, y también de otros dolores más mundanos, que ahora no recuerdo.
Cómo sea, lo cierto es que la frase me quedó e intenté asimilarla como una lección.
Y es que me gustaba sentir que la mayoría de las cosas –o situaciones-, podían transformarse en aprendizaje.
III.
Mi madre y la vecina me obligaron a hacerme amigo del perro llamado Eclesiastés.
Para esto, me intentaron convencer que ambos habíamos terminado dañados esa vez.
Yo por la mordida y el golpe en la canilla y el perro por algunas patadas que recibió de ese vecino.
Hacerse amigo del perro, por cierto, se traducía en poder mirarlo de cerca y que él no me atacara.
Esto, ya que mi madre no me permitía tocar animales, pues estaba obsesionada con temas de virus e infecciones.
Generalmente resultaban ser exageraciones, pero esa vez validó su conducta, pues al perro llamado Eclesiastés se le infectó un ojo y se le complicó tanto que lo sacrificaron tiempo después.
Sinceramente, no logro recordar qué tan seguido fueron estos eventos, ni si alguno fue consecuencia de otro.
Lo que sí recuerdo, es que el día que murió el perro me contaron de dónde venía el nombre Eclesiastés.
Esa misma noche, en mi casa, tomé una Biblia que estaba en un velador y comencé a leer el libro.
“Entonces mi corazón se volvió hacia la desesperación”, decía el Eclesiastés en algún versículo.
Y yo lo copié en un cuaderno, recuerdo, sin saber todavía qué significaba.