Ella ganó seis veces un concurso en una heladería.
O sea, seis veces, cada una en seis años diferentes.
El concurso consistía en crear un nuevo sabor de helado para ese verano.
El helado que se creaba quedaba en venta durante ciento veinte días y luego era retirado.
A mí me contactaba para que le ayudara a crear un texto con el cual presentar el helado.
Si ganábamos, tenía helado gratuito durante esos mismos cuatro meses.
El premio monetario –un porcentaje de las ventas principalmente-, lo cobraba ella.
El más alabado de los que creó fue uno con sabor a luna.
No recuerdo de forma exacta sus ingredientes, pues se trataba de un listado enorme.
Dentro de lo que recuerdo llevaba sésamo negro, carbón vegetal activado, trocitos de merengue crocante, un veteado de mascarpone con miel de azahar, toques ahumados de vainilla y pequeñas notas salinas.
Recuerdo haber tenido que crear una historia con eso y que la redujeron a una especie de cómic de una plana que entregaban junto al helado.
Al final lo usaban como servilleta.
Con el último que ganó fue con uno que tenía notas a madera antigua y que buscaba representar el arca de Noé.
Roble ahumado, vainilla de Madagascar, toques de bourbon, caramelo salado, salvia, ralladura de higos secos y dátiles.
También había una versión para niños a la que se le quitaba el bourbon, se suavizaba la mezcla y le agregaban gomitas de animales.
A veces, recuerdo aquellos años a partir del sabor de esos helados.
Debido al contrato del concurso (y a las cláusulas que ella misma agregó), nunca más los volvieron a hacer, que yo sepa.
Podría pensar que eso es triste, ciertamente, pero probablemente no lo sea.
Cuando no rememore en absoluto el sabor, tal vez... pero por ahora no.
Eso es algo.
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