sábado, 10 de octubre de 2026

La utilidad del rey.


I.

El que iba al lado del rey caminó con él tanto tiempo que igualó su andar.

No era un gran logro, probablemente, pero al comprender que lo había hecho comenzó a sentirse distinto.

No intuitivamente sino más bien como fruto de algo así como un cálculo.

Tengo su ritmo, su velocidad y hasta un porte similar, se dijo.

Entonces, mientras pensaba esto, sin quererlo esbozó una pequeña sonrisa.

El rey, por supuesto, no lo notó.

Él pensaba en otras cosas.


II.

Extrañamente, no fue orgullo lo que sintió el que acompañaba al rey.

No se sintió más de lo hasta entonces era, me refiero, sino que se sintió distinto.

Y es que confirmó entonces que era otro, incluso antes de caminar junto al rey.

Otro que existía desde antes.

Uno que tenía un propio andar y hasta otro ritmo.

Esa fue, sin duda, la causa de su sonrisa.


III.

Lo que pensaba el rey no es de nuestra incumbencia.

Sus pasos, sin embargo, podemos observarlos sin más.

Observar su dirección, calcular su velocidad y hasta fijarnos en su técnica para esquivar de cuando en cuando algún escollo.

Podemos, incluso, caminar imitando sus pasos y su ritmo, tal como lo hace aquel que lo acompaña.

Por eso es útil tener un rey, a fin de cuentas.

¡Alabado sea…!

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