Un día me sorprendí pensando en las razones por las cuales era posible hacer un nudo con una misma cuerda.
De hecho, la sorpresa aumentó cuando proyecté cuántos nudos era posible hacer, realmente, en esa misma cuerda.
Y no hablo aquí de la infinitud teórica o matemática del asunto, en la que se suele considerar como 0 el valor de grosor de la cuerda, sino de la realidad física, que exige considerar longitud finita, grosor real y rigidez material de la cuerda, como algunos de los factores esenciales.
Lo que me inquietaba en el fondo era comprender por qué existía un freno en los dobleces del papel, por ejemplo, pero no en los nudos de una cuerda.
De una cuerda real, por supuesto.
Y es que más allá de considerar los dobleces del papel como un ejercicio exponencial, me costaba aceptar que los nudos en una cuerda (real) se considerasen simplemente como una suma.
Me refiero a que en la cuerda real llega de pronto a faltar espacios y es entonces cuando un nudo comienza a hacerse sobre otro, y ese primer nudo pasa entonces a ser parte de un nuevo nudo, que no puede regirse ya por la misma teoría o utilizando el mismo modelo de cálculo.
Así, la fuerza de compresión radial dirigida hacia el centro del nudo -centro que en la práctica no existe propiamente-, derivaría también en una experiencia exponencial, considerando la fricción entre las fibras de la cuerda, junto a otros factores.
Hice cálculos, recuerdo, aquella vez.
Cálculos y una serie de reflexiones teóricas utilizando términos que apenas comprendía.
Ángulos de curvatura, radio de curvatura mínimo, colapso del nudo, fueron algunos de ellos.
De hecho, hasta la naturaleza misma de la definición de nudo entraron entonces en juego.
¿Sigue siendo un nudo si el fenómeno llamado de esa forma ya no puede desatarse?
¿Existe ese “momento” y es posible calcular cuándo ocurre?
¿Deja una cuerda de ser cuerda si ya no puede volver a su situación original?
Seguí así esa vez hasta que recordé que era absurdo, también, ese camino.
Otro nudo en una misma cuerda, me dije entonces, y retrocedí unos pasos.
Incluso apagué mi mente para que no buscase soluciones en la mecánica de medios continuos.
Y es que esas, sin duda, no me arecieron soluciones.
La bomba, al fin y al cabo, debe ser puesta en otro sitio.
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