-Una vez estuve en una piscina, a bordo de un crucero –me dijo-, agua sobre agua, como los antiguos griegos, en un lago.
-¿Agua sobre agua? –pregunté.
-Sí, exacto. Agua sobre agua. Y hasta pude notar que el agua de la piscina se movía levemente, con el movimiento del crucero. Era casi indescriptible, pero lo noté. Recuerdo que me emocioné al hacerlo y quise contarlo, pero luego pensé que a nadie iba a importarle y me molesté. Me sumergí bajo el agua de la piscina, en el crucero, y quise decirlo ahí… ya sabes, para que no pueda oírse.
-¿Y lo hiciste?
-No, en realidad no. Supongo que sentí que era algo absurdo y al final solo me sumergí un buen rato. Lo hice en un rincón, recuerdo, pues la piscina estaba casi siempre muy llena. Repleta de niños y personas que hablaban casi todos distintos idiomas. O yo al menos lo percibía así.
-¿Estaba muy lleno, el crucero?
-Sí. No tanto como una playa, en verano, pero al menos a mí me lo pareció. Fue la única vez que viajé en uno en todo caso así que no sé si es lo normal, o si ocurrió así porque era relativamente económico. Nadie se preocupaba mucho por cómo era nuestro viaje, quiero decir. De hecho, dicen que un tipo saltó desde el crucero una noche y ni siquiera se detuvieron a buscarlo.
-¿De verdad?
-Sí, yo creo… O sea, al menos es verdad que eso dijeron y desde la noche siguiente no dejaron salir a cubierta después de cierta hora, ni a solas. Yo una vez igual lo hice, en todo caso, y caminé por la cubierta, pero no encontré nada especial. Solo frío, viento y una moneda que nunca supe de dónde era.
-¿Una moneda?
-Sí. Una moneda bien grande, casi como un medallón. Recuerdo que tenía un número diez y unas letras raras. Debe habérsele caído a algún extranjero, quién sabe de dónde. Recuerdo que al final, antes de bajarme, la dejé en el fondo de la piscina, cuando me bañé por última vez.
-¿Para qué? –pregunté.
-¿Para qué, qué? –me preguntó a su vez. ¿Para qué viaje en el crucero?
-No –le dije-. ¿Para qué me cuentas esto?
Ella, entonces, me miró extrañada. Y no contestó.
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