Me gustan las orejas porque no se ponen tristes, me dijo. Ni alegres ni tristes, en realidad. Míralas. No son como los ojos que se ponen acuosos y se llenan de lágrimas. Las orejas permanecen ahí, imperturbables ante triunfos y derrotas. Dignas e indiferentes. Compáralas con la boca, por ejemplo. Ese agujero ridículo y poblado de dientes. Ese pozo que ante la más mínima emoción se gira y transforma en mueca. Y que se abre incluso para dejar pasar al grito… ¡Qué vergüenza tener boca…! Pero en cambio, las orejas… ¡Divinas orejas…! ¡Divinas y sensatas orejas! No debí decir "míralas" hace un rato, sino ADMÍRALAS. Siempre ahí, enhiestas hasta cierto punto. Incapaces de no ser lo que son. Diseñadas con detalle. Hechas para durar. Sin huesos que se quiebren. Sin músculo, incluso. Cartílago y piel como debe ser. Del mismo material que debe estar hecho el cuerpo de Dios. Sí, porque está claro… Dios ha de ser esencialmente cartílago. Si pretende sobrevivir a la humanidad, al menos, ha de ser cartílago. Estar fabricado en eso, quiero decir. O autofabricado, más bien. Con una mínima irrigación sanguínea. Fiel a su forma original. Elástico, firme y prácticamente inmune al dolor. Sí… Dios debe ser la oreja mayor. Ni boca ni nariz ni ojo, sino la oreja esencial, primigenia. Y como tal puede permanecer imperturbable ante lo que ocurra en el universo. Ni benefactor ni destructor. Ni estricto ni condescendiente… Una oreja, sin más... Ya sabes.
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