F. y T. viajan en un auto azul. Es el auto de F. y es ella misma quien conduce. Van juntas a un bar donde se encontrarán con M. Tomarán algo y probablemente hagan planes para organizar una reunión más amplia. Con dos o tres amigas más, acordarán. Nada tan grande que les impida estar cómodas y saber de todas, al mismo tiempo. Hablando en un mismo grupo, quieren decir. En torno a la misma mesa, seguramente, mientras beben algo. Hacen lo mismo casi todos los años. Incluso el año del COVID lo hicieron, aunque en línea.
De eso hablan cuando el motor comienza a hacer ruidos extraños. Bruscos. Como la tos fingida de alguien para evitar que se hable de un tema que puede resultar incómodo. O fuera de lugar.
-Creo que será mejor detenernos -dice F., mientras estaciona al borde de una calle.
T. asiente. Se baja también del auto cuando F. lo hace. Luego la ve abrir el capó y observar el interior del auto. La ve observarlo, durante uno o dos minutos.
-Lo cierto es que no sé de autos -dijo F.-, pero cuando pasa esto sé al menos cómo arreglarlo.
-¿Cómo? -pregunta T.
-Así -dice F.-, cómo ahora. Deteniendo el auto, abriendo esta tapa y mirándolo un rato.
-¿Y luego?
-Luego espero un rato, a veces fumo un cigarrillo y ya está bien. Vuelvo a encenderlo y ya está. Solo requiere un poco de atención.
-¿Estás bromeando? -pregunta T.
-No -contesta F.-. Así es como lo hago. Sé cómo arreglarlo, ya ves.
F. sonríe. Luego baja el capó y le dice a T. que entren nuevamente al auto.
Lo hacen, calmadamente. F. enciende el motor y todo parece ir bien.
-Ya ves… -dice F., poniéndose en marcha-. Sé cómo arreglarlo.
-Eso no es arreglarlo -dice T.-. O sea, sabes qué hacer mientras se arregla, es cierto, pero nada más.
-No es poco -dice F., mientras acelera.
Ambas ríen, ligeramente incómodas, mientras se acercan al bar.
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