viernes, 19 de junio de 2026

El tren que viaja en mi cabeza.



Dentro de mi cabeza viaja un tren sin detenerse en estaciones.

Construí dos, por si no habían, para que intentara detenerse y se tomase algunas pausas.

Una estación tras cada oreja, fue que construí, pero el tren ese no hace caso.

Da vueltas a lo loco, simplemente, como esas motos en las esferas metálicas de los circos.

Y casi con el mismo ruido.

Es tan molesto que cuando me sabe cansado comienza a acelerar para evitarme el descanso.

Y, además, arroja un humo tan molesto que a veces los ojos me lloran, desde dentro.



Fui al doctor hace unos años, para que me dijera algo más sobre ese tren.

No le pedí un diagnóstico ni exámenes pues yo ya sabía que el tren andaba dentro.

Solo quiero que me diga si hay esperanza que se detenga o que al menos baje el ritmo, le lancé.

El doctor no me contestó directamente y pareció molestarse un poco.

A pesar de lo anterior, me hizo algún examen y hasta me regaló unas fotos a color de mi cabeza, para demostrar que había hecho su trabajo.

Todas esas cosas están dentro, me dijo.

Todas esas cosas y el tren de un lado a otro, dije yo.



Lo que pasa es que te preocupas demasiado, me dijo un tipo alguna vez.

El tren existe y tú lo sabes, pero en el fondo no te afecta en lo más mínimo.

De hecho, eres tú el que lleva al tren de un lado a otro.

Y si de verdad lo quisieras, podrías hacerlo detener, o en el peor de los casos, descarrilar.

Entonces, antes que el tipo siguiera hablando, le di un cabezazo en la nariz, que pareció quebrarse por el golpe.

El hombre cayó el piso con las manos en el rostro, mientras se quejaba a gritos y no dejaba de sangrar.

Yo, por mi parte, pensé en culpar al tren que giraba en mi cabeza, pero como nadie me acusó de lo ocurrido, simplemente tomé mis cosas, y me fui de aquel lugar.

El tren, ciertamente, se marchó conmigo.

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