viernes, 27 de febrero de 2026

La planta esa.



No discutimos realmente, pero me sentí cuestionado por la planta esa. O sea, yo apenas la conocía y ella ya estaba cuestionando mi forma de vida. Mi forma de vida completa, me refiero. Así, un poco torcida, bajita, apenas a la altura de mis pantorrillas y sin embargo no dejaba de hacerme preguntas y lanzar comentarios incómodos. Por lo mismo, intenté no atacarla de regreso. No discutir abiertamente con ella, quiero decir. Sería como una especie de abuso, pensé. En cambio, busqué comprender su inquietud. O el origen de ella, más bien. Y la dejé hablar, por supuesto, mientras yo buscaba. Así, comprendí que lo que más le costaba, era entender que se pudiera vivir sin raíces en la tierra. O lo entendía, tal vez, pero lo mostraba como algo precario. Casi indigno, incluso. Es como ir rodando por ahí, decía. ¿Cómo te agarras? Y claro, uno intentaba explicarle, hablar tranquilo, pero en el fondo ella tampoco quería un diálogo. No estás en ningún sitio, si lo piensas, seguía. No puedo imaginar tener la tierra abajo, fuera de uno, casi sin contacto… Es ridículo, decía. Y reía un poco. Cada cierta cantidad de frases, reía. Primero pensé que era el sonido del viento, pero luego me di cuenta que era una risa suya, burlona. Despectiva. Una risa surgida en medio de otras frases y cuestionamientos que iban dirigidos siempre a mí: ¿Uno puede realmente sentirse vivo de esa forma? ¿En medio de algo vivo…? Tal vez por eso eres extraño, sabes. Inconsciente de lo importante quiero decir, además… Y claro, siguió así un buen rato hasta que me hartó. Así, mientras esperaba a que se callase, se me ocurrían cada vez más formas de vengarme. Llegué a considerar arrancarla, orinarla… lo que fuese en realidad, con tal de que guardara silencio. Supe controlarme, sin embargo. Además, pensé, mi ventaja es que puedo alejarme de ella e irme a otro sitio. O incluso dejar de escucharla como hacen la mayoría de los hombres. Anular su frecuencia, digamos e ignorarla. Es decir, todavía estaba a tiempo de convencerme que lo imaginé o lo soñé y estar ahí como si su voz no existiese. O podía elegir incluso escribir lo ocurrido, sin más. Sin pretensión alguna salvo volverla ficción a ella y a sus palabras. Restarle importancia de esa forma, me refiero. Y hacerla desaparecer igual que hacen los magos con las personas en las cajas. Sin truco, por supuesto. Nada más porque incomoda. Y ya ven.

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