lunes, 16 de febrero de 2026

La bomba atómica que nos merecemos.



Ella había ganado un concurso literario, pero cuando coordinó para asistir a la premiación y recibir el premio, se dio cuenta que no era suyo el cuento ganador.

Es decir, ella había participado con un cuento breve, titulado “La abeja en la miel”, pero en la invitación que recibió se mencionaba otro título: “La bomba atómica que nos merecemos”.

No dijo nada pensando que podría tratarse de un error, y se presentó a la premiación sin comentar nada sobre el asunto.

Ya en el escenario, recibió un galvano y un cheque, y fingió no escuchar cuando se leyó, junto a su nombre, el del cuento ganador en voz alta.

Ya luego, en el cóctel, estuvo atenta a todas las miradas, pensando que podía estar observándola el autor o autora del relato ganador. Esperando el momento propicio para reclamar o derechamente hacer un escándalo.

Nadie, sin embargo, parecía ser ese autor o autora.

O si lo era, concluyó, no tuvo ni el menor interés por corregir aquella confusión.

Semanas después, cuando la llamó un editor para decirle que incluirían “La bomba atómica que nos merecemos” en una colección de relatos, ella intentó convencerlo de poder transformar el texto.

El editor, sin embargo, le dijo que, debido a las bases del concurso, el relato no podía ser alterado en lo más mínimo.

Ella insistió durante semanas, para cambiar el título al menos, pero finalmente debió desistir.

De cualquier forma, se dijo, sería un libro de poco tiraje, y el título en específico del relato que no le pertenecía, solo saldría en el interior.

La bomba atómica que nos merecemos ………………………………… Página 37

Cuando se publicó, por cierto, ella fue la única de los seis autores que no fue al lanzamiento.

De hecho, según me contó años después, nunca quiso siquiera leer el cuento.

-Se trata de una abeja –le mentí, para ver su reacción-. O sea, no es que salga literalmente una abeja, pero yo me imagino que de eso se trata, realmente.

Ella me observó, en silencio.

Parecía molesta.

Profundamente molesta, incluso.

Tal vez por eso, pienso ahora, todo a nuestro alrededor pareció enturbiarse, de pronto.

Como si algo hubiese cambiado en cada uno de nosotros, a partir de algo que venía desde fuera y que prefirió quedarse cerca nuestro.

Yo mismo, por ejemplo, sentí que me convertía en una sombra, adherida a una pared.

Además, comprendí que desde ahí, estaba condenado a observar y repetir todo hasta que alguien más se decidiese a tomar mi lugar.

Todavía espero, por cierto.

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