Estoy comprando algo para comer en la madrugada, en una de esas tiendas 24 horas que suelen estar en las bombas de bencina. Desde ahí observo al hombre que parece discutir a un costado del auto, justo después de cargar combustible. Sin darme cuenta salgo de la tienda y me acerco unos pasos. Como todo está en silencio escucho con bastante claridad lo que dice el hombre, mientras bebo mi café.
Según entiendo, el hombre insiste en que algo no está bien. Que algo no basta. Está más nervioso que molesto, pero alza la voz y eso confunde. Cuando le dicen que se calme y explique mejor lo que quiere, le escucho decir que quiere más bencina. Lo repite, de hecho, varias veces e intenta agregar razones. Por ejemplo, dice que no quiere pararse a echar bencina de nuevo. Alega señalando que un auto debiese ser así, independiente de cierta forma. Tener dentro la bencina suficiente para no tener que parar por más.
-No es un ser vivo –alega, agitando los brazos-. Se mueve, pero no es un ser vivo. ¡Yo soy el ser vivo…! Debo detenerme a comer si es que quiero, pero el auto no. Por eso es una cosa. Una máquina…
Mientras escucho, sale también el encargado de la tienda para apoyar al bombero, por si la situación se complica.
-Debiese flotar al menos, sin combustible, como un bote –sigue quejándose, el hombre-. Pero el auto no... Se detiene simplemente y queda ahí como un ser muerto. Se llenaría de hormigas incluso, si hubiese hormigas mecánicas...
El hombre que ha salido de la tienda observa la situación, junto a mí.
-Viene más o menos cada dos semanas –me dice, en voz baja-. Hoy día está tranquilo. Quiere llenar el auto para conducir sin parar según dice, o para parar cuando él quiera, no cuando se acabe la bencina.
-Entiendo –digo yo.
Pasan unos minutos hasta que el hombre del auto deja de quejarse y luego se va.
O sea, se sube al auto y se va.
Entonces, el bombero y el hombre de la tienda se hacen gestos indicando que todo está bien y regresan a sus puestos.
Yo, por mi parte, entro también a la tienda, por otro café.
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