sábado, 14 de febrero de 2026

Pequeño(s) limbo(s).



I.

Ya no está muy en boga, pero debo reconocer que desde pequeño me gustaba la idea del limbo.

Me refiero a la idea teológica del limbo, como un lugar intermedio o una frontera.

No necesariamente asociado a la causa del no bautismo o a razones de esa índole, sino más bien a un estado intermedio entre el dejar de estar vivos y lo que podríamos llamar “estado final”, cuyo contenido exacto dejo a criterio de cada cual, según sus creencias.

Y es que debo reconocer que me gustan esos espacios intermedios entre una y otra cosa.

Los siento necesarios, sin duda. O hasta esenciales.

Eso en primer lugar.



II.

En segundo lugar, recuerdo imágenes de cómo eran las exposiciones de cuadros del siglo XIX, en algunos lugares.

Murallas atiborradas de cuadros, aunque siempre existía una mínima distancia entre un marco y otro, para que las obras no estuvieran en contacto y permitieran a cada visitante observarlas de forma separada y no como un todo.

Era una cuestión de respecto, pienso ahora, la existencia de esos pequeños espacios.

O pequeños limbos, ya que hablaba de aquello.



III.

En tercer y último lugar, me acuso de comprender que la idea del limbo como algo temporal se distancia de la idea de pequeños limbos asociados a los espacios entre unos cuadros y otros.

Esto ocurre porque los cuadros están rodeados por sus cuatro costados por esos espacios, pero en nuestro caso –a partir de nuestra forma lineal de entender el tiempo-, entendemos esto más bien como un hito que ocurre en un momento temporal determinado, separando un antes y un después, pero que no nos aísla totalmente del contexto.

Así y todo, creo que la frase: “cada cuadro es una afirmación que no tolera compañía” (como le escuchaba decir en un documental a un pintor alemán), es tan aplicable a los seres humanos, como a las obras artísticas.

Y es que, de cierta forma, creo que también estamos rodeados por pequeños limbos que nos separan de eso que parece existir fuera de nuestro tiempo.

Pequeños limbos que, de paso, nos impiden también estar plenamente en contacto con los otros y con todo aquello que no es parte esencial de nosotros mismos.

Enhorabuena, por cierto.

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