miércoles, 24 de junio de 2015

Un empleo menor en un diario.


Un amigo que sabía que escribía le consiguió un empleo menor en un diario.

No se trataba de una gran labor creativa, es cierto, pero al menos lo sacaba de apuros económicos y le permitía desarrollar un poco la creatividad.

El trabajo en sí consistía en escribir una serie de cartas al editor para crear ciertas polémicas, ya que el diario prácticamente no recibía correspondencia alguna.

Así, para ordenar su trabajo, fue anotando una serie de nombres –asociados a ciertos usos lingüísticos y posiciones políticas-, que se fueran sucediendo día a día y semana a semana, cuestionando o alabando noticias desarrolladas en el diario y generando cierta controversia.

Fue entonces que, tras unos meses desarrollando esa labor, fue sorprendido con un par de cartas de lectores reales que comenzaron a interesarse en un tema y participar de estas discusiones, de vez en cuando.

Quizá fue por eso –por darse cuenta que tenía algunos lectores, me refiero-, que sus cartas parecieron subir su nivel, llegando a abordar de buena forma ciertos dilemas morales, políticos y religiosos… creando personajes con personalidades complejas que incluso eran capaces de hacer referencia a situaciones familiares o laborales un tanto más íntimas.

Fue en este contexto que un día recibió una carta dirigida a uno de los personajes que había creado. Dicha carta había sido escrita por por una lectora del diario, que vivía en las afueras de la capital. En dicha carta, –que la lectora esperaba que le hicieran llegar al supuesto autor-, la lectora adjuntaba una foto y decía haberse enamorado de aquel personaje y su postura ideológica y defensa de valores que lo caracterizaba.

Ahorraré tiempo diciendo que el ficticio hombre solicitado, en cuestión, cruza un par de cartas con la lectora hasta que deciden juntarse, en una exposición de arte de fin de semana.

Entonces, quién escribía las cartas se presenta con la personalidad del autor ficticio de las cartas –nombre falso incluido-, y comienza a entablar una relación amorosa-afectiva con la lectora.

Con todo, él no sabe realmente si se trata realmente de algo honesto.

Y es que si bien las opiniones de ese personaje habían brotado de él, también era correcto señalar que de él habían brotado las ideas contrarias.

Confundido –y algo enamorado, hay que admitir-, él se puso entonces a pensar qué era lo que realmente pensaba… Es decir, intentó ver si realmente sus opiniones le habrían permitido establecer el vínculo con la lectora, y no se trataba entonces de un engaño.

Lamentablemente, por más que intentó concluir algo certero sobre sus verdaderas ideas, no logró a establecer con claridad una postura propia.

Asimismo, fue dándose cuenta que no existía, realmente, en la relación, conversaciones donde salieran a la luz su postura moral u otros atributos similares, por lo mismo, decidió mejor guardar silencio, sobre aquella situación.

Puedo no tener opinión ni postura propia, pensaba, pero estoy seguro de mis sensaciones y sentimientos.

Lo último que supe de él fue que iba dejar su trabajo en el periódico e intentar con un trabajo más normal y sencillo.

De su relación con la lectora tampoco tuve nuevas informaciones, aunque tengo entendido que le confesó lo del nombre falso, diciendo que se trataba de un seudónimo, sin ocasionar distanciamientos relevantes

Eso es todo lo que sé, sobre esa historia.

3 comentarios:

  1. Tal vez a ella no le importen sus verdaderas ideas, tanto como él cree. Tal vez lo que a ella realmente le importa, finalmente, son sus sensaciones y sentimientos
    Saludos Vian...

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  2. La mentira suele traer ese tipo de trampas de enredos y cuestionamientos

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