I.
No sé realmente si existe, pero me gusta pensar que sí.
Algo así como un fundamento incuestionable.
Tan incuestionable que ni siquiera valga la pena llevarlo a palabras y que sea evidente en todo momento.
Una voluntad que nazca de lo vivo y que se aferre a ese mismo origen cuando sienta que corra peligro o simplemente intenten acabarla.
La prueba final de que todo lo vivo, en definitiva, quiere seguir estándolo.
II.
Una canción lituana que habla de toda una infinidad de lenguajes propios.
Eso escuchamos, esa tarde, con atención.
Intentamos traducirla y parecía hablar de los distintos lenguajes que manejaban las distintas cosas.
El lenguaje de las plantas, de las piedras, y hasta de los charcos llenos de agua.
No se necesitan más lenguajes sino comunicación, se repetía en el coro, varias veces.
Voluntad, en primera instancia, y la comprensión vendrá luego, por añadidura.
III.
¿Por qué inventarse todo esto?
¿Por qué hacerlo si no es en el fondo algo que sabemos necesario?
Un nosotros difuso, una canción lituana… la infinidad de lenguajes de las cosas.
Todo por buscar la voluntad que debe esconderse en algún sitio.
Y es que no quiere, la voluntad, dejarse ver.
No quiere ser prueba ni evidencia de algo más.
No quiere dar testimonio de que la vida busca siempre seguir viva.
Así, en definitiva, no quiere convertirse en la evidencia que nos haga decir que esto, probablemente, debe valer la pena.
¡Pobre voluntad…!
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