viernes, 11 de septiembre de 2026

Nevó en la ciudad aquella vez.


Nevó en la ciudad aquella vez.

Tanto que se juntó nieve sobre las casas y las calles.

Por varias horas nevó.

Y el paisaje, entonces, se volvió blanco.

Esto casi nunca pasa, dijo alguien, como si pensara en voz alta.

Yo no era ese alguien, por cierto, aunque sin duda pensaba algo parecido.

Una observación ligera y poco profunda, es cierto, pero qué más se podía pensar.

De seguro la nieve también cubre pensamientos más profundos.

Cómo sea, lo importante es que había nevado y todo afuera se veía blanco.

Eso fue en la noche, sin embargo, ya que al otro día la nieve comenzó a derretirse.

Y el blanco comenzó a desaparecer y asomaron las cosas que estaban debajo.

Desde mi casa observaba el jardín mientras esto ocurría.

La luz del sol lo iluminaba y ya apenas quedaba nieve al mediodía.

Entonces noté que un montoncito apenas, en medio del jardín, se negaba a desaparecer.

Era como la última brasa que queda, luego de algún incendio.

Esperando que se derritiera no dejé de mirarla.

Y como no se derretía no me dejaba marchar.

No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero sentí que fueron horas.

Algo no va bien, me dije, mientras me acercaba al montoncito de nieve.

Cuando estuve a pocos centímetros me incliné para verlo mejor.

Ya te he visto y me has visto, le dije, esto no es necesario.

Como si me hubiese escuchado, la nieve comenzó a derretirse en ese instante.

Primero pareció resquebrajarse, luego brilló un poquito y poco después resultó que ya no estaba.

Conmigo pasará lo mismo alguna vez, me dije.

Ojalá nadie me observe de esa forma.

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