jueves, 3 de septiembre de 2026

Laberintos.


-Investigo laberintos -me dijo-. Construcciones antiguas, principalmente. Ruinas principalmente, aunque también estudio diseños que han quedado impresos o documentados de alguna forma. Busco coincidencias en lugares remotos y trato de establecer entre ellos algún tipo de vínculo. Por lo general los más interesantes son los del centro oculto. No esos que la clave es simplemente encontrar la salida. Esos, sinceramente, ni siquiera los considero laberintos. También desestimo aquellos que están formados por un único camino largo y enroscado. Unicursales, los llaman. Yo me dedico a los otros. A los verdaderos laberintos. Esos con segmentos sin salidas, caminos falsos, ramificaciones y otras dificultades. Cómo sea, lo cierto es que he dedicado mi vida a eso. Perdí casi la mitad en todo caso buscando coincidencias asociadas al laberinto clásico de siete circuitos. Luego, por suerte, descubrí un diseño en Indonesia que parecía completar el laberinto de Hawara. No sé si me explico, pero intento decir que ya no eran solo coincidentes, sino complementarios. Se trataba de laberintos que en realidad podían ser unidos. Eran partes de otro mayor cuyo centro solo podía descubrirse tras la unión de los demás. Hasta el momento llevo cuatro que calzan perfectamente y hay un quito que pienso puede unirse si encuentro otro faltante…

-¿Y qué tengo que ver yo con todo eso? –pregunté.

-Todavía nada –contestó, mirándome fijo-. Pero sospecho que has salido del centro sin saberlo.

Nos quedamos un rato en silencio.

-Usted se confunde –dije por fin.

-Todos –corrigió.

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