M. me contó que la idea la sacó de una película de hace más de cincuenta años: “El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas”. Y claro, yo pensé que bromeaba, pero entonces lo busqué en google y descubrí que era cierto, y que el film estaba basado en una obra dramática de Paul Zindel, de quien sabía algo a partir de una entrevista de Albee, que debí leer un par de veces mientras redactaba una especie de ensayo sobre ¿Quién le teme a Virginia Woolf?
-Trabajamos en el experimento como dos años –me dijo-, cuando estaba sacando el magíster en la universidad Austral… Una alumna de intercambio consiguió el financiamiento y formuló el proyecto… De hecho, fue ella quien me contó de esa película. Su padre también había sido director de cine en Australia y creo que había participado de alguna forma en el guion de la película de los rayos gamma sobre las margaritas…
-¿Y lo desarrollaron tal cual? –pregunté-. ¿Rayos gamma sobre margaritas?
-No, no fue tan exacto -explicó-. O sea, no fue solo sobre margaritas, sino sobre otras flores… y no solo rayos gamma, sino también rayos x, ultravioletas… Incluso llegamos a utilizar átomos de iones pesados, que por cierto terminaron funcionando mejor que los otros rayos…
-¿En qué sentido funcionaron mejor? –interrumpí.
-Podíamos controlar mejor la mutación de color en las flores y hasta en la forma de los pétalos… -me explicó-. Y no dañaban tanto el tejido de las plantas…
-Entiendo –dije.
Seguimos así, con M., hablando un buen rato hasta que oscureció y ella dijo que debía volver a casa.
-Si quieres nos podemos juntar un día y ver la película esa –me dijo-. La de los rayos gamma… Tengo una versión en casa…
-No es necesario –contesté-, creo que ya la tengo.
Entonces ella pidió un uber y conversamos un poco más hasta que el auto llego y nos despedimos.
Nada de mutaciones, me dije, cuando la vi marchar.
Y luego se acabó el día.
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