domingo, 27 de septiembre de 2026

No creo en la tortura, pero.


No creo en la tortura, me dijo, pero una vez estando borracho, en la facultad, encerramos a un profesor en una sala y lo obligamos a confesar que no había leído el Ulises de Joyce. No es que lo golpeáramos ni le hiciéramos un daño físico concreto, pero debo admitir que lo amarramos, rompimos frente a él unos libros que sacamos de su oficina y lo amenazamos con llevarnos su computador si no lo admitía. Era orgulloso y costó bastante que confesara, pero hubo un momento en que comenzó a llorar y a decir que era cierto, que era un fraude. Entonces fue que confesó sin problemas lo del Ulises y agregó también que nunca leyó Los Miserables, Patas de perro y hasta reveló que no pasó de la página 300 de Umbral, de Juan Emar, del que se suponía era un experto. Para él debe haber sido como una liberación. Estaba tan afectado que nos pidió que nos lleváramos su anillo de matrimonio y empezó a confesar una serie de otras cosas que no pretendíamos saber y que prefiero no repetir porque algunas verdaderamente me dan asco. Todo terminó siendo tan incómodo que recuerdo que mientras él seguía contando estas cosas, lo desamarramos y no se dio ni cuenta. Lo dejamos así en la sala y nos fuimos, simplemente, sin querer hablar de lo ocurrido. No es que nos arrepintiéramos, pero lo cierto es que la situación nos había superado también a nosotros. El profesor faltó tres semestres luego de aquello y cuando volvió yo al menos ya me había ido. Desconocemos si denunció lo sucedido, pero creemos que no, pues nunca se habló de eso ni supimos que se abriera investigación alguna. Así, al final yo creo que al final le hicimos un bien con lo de la tortura. No es que por eso la justifique, pero no creo que haya habido un daño irreparable. Y si no es irreparable, tal vez ni siquiera sea daño, creo yo… ¿estás de acuerdo, cierto?

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