viernes, 24 de abril de 2026

Clases de caligrafía.


M. se inscribió en clases de caligrafía, pero dice que fue a destiempo.

No lo dice, sin embargo, como una idea propia, sino porque el mismo profesor le explicó que si el objetivo era mejorar la letra, se había retrasado en tomar el curso cerca de treinta años.

No es que sea imposible mejorarla a esa altura de la vida, sino que el objetivo debía ir más allá y apuntar más bien a otros hábitos o conductas.

Podía buscar reducir el estrés, por ejemplo, mejorar la concentración o fomentar la creatividad, le dijo el profesor, entre otras cosas.

A M., por cierto, le interesó aquello de fomentar la creatividad, así que no solo le preguntó más a su profesor, sino que hasta compró un par de libros sobre aquello.

-Es interesante, aunque solo hasta cierto punto –dice M.-, la mayoría te habla del mindfulness, de la estimulación sensorial y cosas así, pero lo cierto es que a fin de cuentas todo se reduce a un diseño… a dibujar lo que escribes, quiero decir, o mientras escribes… y terminas un poco alejándote del significado…

-Entonces –le pregunto-, ¿dejaste de ir al curso?

-No –me dice-. Estoy yendo desde hace un año, prácticamente, y ya me inscribí para el próximo…

-No es tan malo entonces –le digo.

-Claro que no –dice M., alegre-. Alejarse del significado no es tan malo.

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