domingo, 12 de abril de 2026

Bengalas.



Su panorama en ese tiempo era bien sencillo. Se trataba de salir en las noches, alejarse de todos y tirar bengalas. No fuegos artificiales, como los narcos de ahora, sino bengalas de esas que tienen los barcos. De salvataje, creo que las llaman. Él dice que tenía cientos de ellas que se había robado de una bodega, en el puerto. Miles, tal vez. Y que durante dos o tres noches cada semana llevaba alguna a un sector alto, desde el cual hubiese más probabilidad que alguien la viese.

-¿Y qué hacías entonces? –le pregunto.

-Nada en especial –me contesta-. Simplemente encendía la bengala y la elevaba al cielo, como decían las instrucciones. Luego me quedaba ahí un buen rato…

Como no entiendo para qué se quedaba, se lo pregunto, y él me cuenta que en principio pensó que llegaría alguien, aunque con el paso del tiempo comprendió que no.

-Como se supone que era señales de auxilio –me dice-, yo esperaba que alguien viniese… Pero lo cierto es que las tiré como por tres o cuatro años y nunca vino nadie.

-¿Me lo cuentas para dar una lección? –le pregunto.

-Para nada –me dice, riendo-. Aunque si quieres tómalo así y si encuentras esa lección dime luego qué enseña…

-De acuerdo –digo yo.

Luego caminamos un rato más hasta que yo decido volver a casa.

-¿No le quedaron bengalas? –le pregunto, mientras me despido.

Él me mira, como si dudase en responder.

-Lo cierto es que guardé una –me dijo-. Pero fuese hace tantos años que hasta dudo si encienda.

Yo asiento, sin más.

No volvimos a hablar del tema.

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