En esa zona el cielo está nublado siempre.
No exagero.
Viví ahí cerca de tres años y no recuerdo más de dos o tres veces que en la noche pude ver estrellas y de día se vio el sol.
No es que no llegase luz, por supuesto, pero llegaba siempre a través de las nubes, ya filtrada.
Puede no ser algo grave, es cierto, pero como yo venía de otro sitio, eso me pareció poco natural.
Así, inquieto, poco a poco descubrí que aquello me incomodaba.
Y hasta me angustiaba, por momentos.
Una vez se lo conté a unos lugareños, con quienes tenía más confianza.
Era una familia pequeña, liderada por una abuela muy mayor, que siempre estaba tomando mate.
Esa vez, la abuela pidió que me sirvieran uno y luego, apuntando tras una ventana, dijo que más allá de unos cerros, podía verse un faro.
No dijo nada más, pero yo entendí que me recomendaba ir y observarlo.
Eso hice, a la siguiente noche.
Estaba a dos horas de camino y el recorrido no era fácil.
Cuando llegué, sin embargo, me pareció que todo había valido la pena.
El faro brillaba en la distancia y si bien no era un astro natural, me pareció un buen sucedáneo.
Algo se calmó en mí cuando lo vi.
Y me ayudó a situarme, de cierta forma, como si fuese un barco.
Fui a ese lugar varias noches, desde entonces.
A veces, cuando la lluvia y el frío lo permitían, llevé mi carpa y mi saco de dormir y me quedé ahí durante un par de días.
Fue un buen periodo, después de todo, ahora que lo pienso.
Cuando me fui de aquella zona, por cierto, la abuela seguía viva y el faro seguía funcionando.
Quiero pensar, que esas luces todavía, siguen ahí.
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