-También había otras actividades extrañas –me dijo-. Por ejemplo, en el último parque al que fuimos, te cobraban treinta dólares por sacarte una foto metiendo la cabeza en las fauces de un cocodrilo…
-¿Cómo…?
-Tal como suena. Como la foto con los delfines, pero esta era más extrema. Un cocodrilo abría el hocico, tú metías la cabeza dentro y te sacaban una foto… Igual tenían unos hombres cerca, por para dirigir al cocodrilo y por si había alguna emergencia, pero al momento de la foto eras solo tú y el cocodrilo, nada más…
-¿Y te tomaste esa foto? –pregunté.
-Sí… -me dijo-. O sea, dudé un poco y salgo con cara de asustado así que probablemente perdí el dinero… Pero sí, me la saqué… y hasta tuve que firmar una nota asumiendo riesgos, antes de meter la cabeza en el cocodrilo.
-Pero ¿era un cocodrilo real, sano…?
-Supongo que sí… yo lo veía así, al menos, y cuando tuve la cabeza en sus fauces podía oler lo que había comido… aunque intenté no hacerlo, claro, porque daba asco...
-¿Y aprovechaste de mirar dentro del cocodrilo?
-¿Dentro del cocodrilo?
-Claro, hacia su interior, para ver si se veía algo, o si era de verdad…
-¿Y qué vas a ver dentro del cocodrilo…?
-Pues no sé –dije-, tal vez… el interior de un cocodrilo…
-¿El interior de un cocodrilo?
-Sí.
-¿Y qué significa eso?
-Pues eso, simplemente… el interior… el interior de un hombre, el interior de las cosas, el interior de un cocodrilo… ya sabes…
-¿Y a quién puede interesarle el interior?
Lo pensé un poco antes de responder.
-Es cierto –le dije, aceptando mi derrota-. Supongo que no le interesa a nadie.
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