I.
-Un huevo -dijo E.-. Ya sabes lo que es. Algo que todavía no ha nacido, pero ya está. Y vive.
-Algo que no ha nacido –dijo T., como si intentase recordar-, algo que no ha nacido, pero vive…
-No te estoy educando –dijo E., molesto-. No es necesario que repitas, además lo que intento decir...
-¡Es un feto…! –lo interrumpe T.-, estás hablando de un feto…
-Tampoco es una adivinanza –dice ahora E., con desgano-. Y además un feto es algo distinto… el huevo ya vive de por sí.
-¿De por sí?
-Sí –aclara E.-. Independientemente, quiero decir, vive el huevo... Y de forma casi perfecta, incluso.
-...
II.
No me gusta oír conversaciones, pero no puedo evitarlo.
Intento pensar en otras cosas, concentrarme en la lectura, pero lo cierto es que fracaso…
O sea, lo logro por momentos, pero regreso siempre a la otra conversación.
Así, mientras sigo intentándolo E. y T. siguen hablando sobre cosas distintas, me parece.
Casi siempre, cuando escuchas, sueles percibir que ocurre así.
Un huevo, en este caso, resulta un buen ejemplo, sobre todo por lo que es.
O lo que creemos, habitualmente, que es.
Más allá, ahora, escucho a alguien hablar sobre la carne de burro y no sé por qué.
Al final, simplemente, habría que resumir diciendo que el huevo nunca eclosiona y si pasa suficiente tiempo, se fosiliza.
(No es necesario recordar que se pudre, entre esos dos estados).
Y también, de paso, habría que reconocer que no sabemos, casi nunca, de qué hablan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario