domingo, 14 de diciembre de 2025

La fiebre del herido.


Ninguna en especial, pensaba en un inicio. Cualquier fiebre, en el fondo, es la misma fiebre. Pero claro… va pasando el tiempo y uno comienza a notar grietas. Pequeñas escisiones al interior de esos conceptos sobre los que intentamos construirnos a nosotros mismos. No escisiones nuevas, por cierto, sino separaciones que existieron siempre y que recién ahora –probablemente más cerca del final que del principio-, comenzamos a distinguir, decepcionándonos un poco. En mi caso, por ejemplo, el concepto de fiebre. Ese estado tan único, terrible y puro que yo, al menos, pensaba indivisible. Una forma de combatir, digamos, contra otra serie de fenómenos que de un modo u otro nos atacaban, y debíamos erradicar a cualquier costo. Así, poco me importaban las causas de la fiebre. Y desde ahí, las divisiones entre tipos de fiebre que pudiesen originarse. No obstante, como decía en un inicio, el tiempo pasa y uno comienza a comprender –o a sufrir- la verdadera naturaleza de las cosas. Y es entonces cuando la fiebre del herido se desprende de esos otros estados y viene a quedarse contigo de una forma distinta. Definitiva y distinta, por cierto, ya que el herido en cuestión no deja de estarle, aunque supuestamente sane. Sana la herida, quiero decir –si es que sana-, pero el herido queda herido. Y la fiebre, desde entonces, queda con él. Y hasta se entibia un poco, a primera vista, y deja de percibirse por momentos. Tanto así que no parece fiebre, aunque lo sea. Igual que el herido. Toso esto en una especie de ciclo, al que no podemos culpar. Y debamos seguir entonces buscando culpables. Sin éxito.

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